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27 mayo 2023

¡Hola México! Volver a empezar

Voy a comprar perchas blancas, simples. 

-Hola señor, ¿qué tal? ¿Me podría indicar dónde están las perchas?

El empleado de Walmart me mira muy serio. 

-Para colgar la ropa. 

-¡Ah! Pinzas -me dice-. Y me acompaña al pasillo de las supuestas perchas. 

-No no -le digo- esos son broches. Yo necesito perchas. ¡Colgadores! -exclamo triunfante, porque me acuerdo que así les decíamos en Chile-. Sonrío feliz. Pero el empleado de Walmart me mira igual de serio. No son perchas. No son pinzas. Porque sus pinzas son mis broches. Y los colgadores de Chile no sé lo que serán en México pero claramente no tienen nada que ver con algo doméstico. Lo vuelvo a mirar. Respiro. 

-Lo que se usa para colgar la ropa en el closet -y no sé por qué dibujo una camisa en el aire.

-Ganchos -me dice. 

-Bueno. Ganchos. 

-Venga por acá. 

Y voy (porque el mexicano es muy servicial. No me va a decir “pasillo 7” y dejarme a la deriva no, no, me va a acompañar y así lo hace). Suspiro muy aliviada. Ahí están las perchas. Compro ochenta. 

¿Qué más compro los primeros días de venir a vivir a México? (¿Qué comprarías vos?).

Una tostadora. Y una pava eléctrica. Por algún motivo eso me hace sentir en casa, me arraiga, veo esos artefactos y respiro un café caliente a las ocho de la mañana, un pan con queso universal. 

Y qué más. 

Un tender. Jabón para lavar la ropa. Una esponja y un detergente. 

Y café. Me demoraría horas frente a la góndola del supermercado para decidir la marca si no fuera porque siempre termino comprando el mismo café que me regalaron de bienvenida en el departamento al llegar. Y la misma leche. Por eso en Australia me casé para siempre con la leche Rev y aquí parece que le debo lealtad a Lala. 

Hay algo muy hermoso en llegar a un departamento temporario en el que la gente que te recibe te llena la heladera. Claro, eso es una ínfima forma de decir. Frutas, chocolates, aceite, cereales, y más y más y más. Y una cartita de bienvenida. Y el café, y la leche. Y son las primeras marcas que ves en tu departamento nuevo, y te entran por la retina y como fueran elegidas en un momento de amor y vulnerabilidad, te las quedás para siempre. 

Y qué más. 

Querés elegir bien los vasos así que por ahora compramos descartables. Y cuatro tenedores, cuatro cuchillos, cuatro cucharas, porque el resto viene en el barco y falta poco como para que justifique adquirir toda una cuchillería nueva, pero falta mucho como para andar sin nada. Y en el barco vienen también los libros, las fotos. Eso lo dejamos a un costado de la mente. Que no ocupe lugar. 

Y qué más. 

Lo banal: la peluquería. Las manos. Parece que uno no termina de arraigarse hasta que no se corra el pelo, o se hace unos reflejos -ojo: se dice “luces”- por primera vez. Esa es una meta a alcanzar, en donde ya te emepzás a manejar como un local.

Y qué más. 

El primer Shabat. Nosotros tuvimos ayer nuestro primer Shabat en el departamento nuevo. El vaso de kidush es de plástico, la jalá es una baguette, el salero es el comercial, las velas nos reconfortan. Nos reímos porque estamos sentados en la mesada de la cocina. 

Y qué más. 

Las costumbres locales. Aprenderlas. ¿Propina sí o no? ¿Diez, quince, veinte, cuánto, a quién? La comida se sirve en la bufetera, el agua de la canilla no se debe tomar, la edad no se pregunta, el Uber funciona igual. 

Y qué más. 

Los amigos. No saber quiénes serán. No poder detectar si esa persona que estás conociendo hoy va a ser tu amigo íntimo de dentro de unos años. Si esa chica que hoy es distante va a terminar siendo tu Gisela, tu Viví, tu Moni, tu Kary, tu Marce, tu Sil, tu Ruthi, tu Patri, tu Ofra, tu Chantall. 

Y qué más. 

Esperar. Gozar. Maravillarte con el juguete nuevo que estás abriendo. Permitirte dormir con un colchón en el suelo, perderte en la ciudad, confundirte el billete de cien con el de diez, comprar un queso que resultó ser horrendo, aprender dónde se tira la basura y si es que hay que reciclar; colgarte del Wi fi del shopping hasta tener señal y preguntar, preguntar, preguntar, mucho y a todo el mundo. 

Y volver a esperar. 

Migrar es esa mirilla pequeña por la que mirás el mundo por primera vez. Primero ves todo como una línea finita, angosta y limitante. Pero si esperás lo suficiente ves el mundo vasto, vasto y fascinante, a tus pies. Y está padrísimo.






















16 agosto 2019

Estos no son los rollos Del Mar Muerto

Henry -sí, el que escondió mi celular en la heladera y puso la pelota en el microondas- está preparándose para hacer su Bar Mitzvá: su ingreso a la vida judía más adulta y comprometida con otros rituales, otros compromisos. Un “upgrade”, por así decirlo.
El otro día volvió súper entusiasmado de su clase preparatoria (la preparación dura un año) y contó que le habían enseñado a ponerse los Tefilín, esas tiras de cuero que deben colocarse diariamente por la mañana los judíos mientras se recita una plegaria y se recuerda nuestro lugar en el mundo.
Llegó a casa, preguntó si teníamos Tefilín y se puso a practicar.
Yo estaba súper emocionada. De una caja saqué los Tefilín que habían sido de mi abuelo Raul y se los mostré, como un tesoro único y más valioso que toda la colección del Vaticano!!! Para practicar, sin embargo, le dimos los Tefilín que Sergio (dad!) trajo hace un tiempo de Israel.
Todo muy emocionante, Henry los abre, dilucida cuál es la parte que va en la cabeza, cuál va en los brazos, toda una ceremonia, yo contengo la respiración, Henry comienza a pasar la cinta de cuero por su brazo, una vuelta, otra vuelta, y otra, todos mirando... y Henry exclama:
-¡¡Se me salen todos los rollitos de grasa por los costados!!
Fin de la emoción.
Risas.
Carcajadas.
Efectivamente, los Tefilín no te hacen el brazo más sexy del mundo!!
.... pero
Who cares? 😉

04 mayo 2016

Mi escote masculino

Todos tenían fe en mí.
Pero solo yo podía hacerlo en persona.
A fines del año pasado, luego de un largo, detallista y obsesivo proceso de edición se terminó de imprimir mi primera novela. Escote masculino. 
Narra la historia de Ignacio Turinsky, un sonidista cuarentón con un millón de amigos y una realidad de pareja incierta, que un día despierta para enterarse que había perdido todo en un incendio.
Escote masculino.
Un título llamativo para el público local. Atractivo pero jugado, hasta me sugirieron cambiarlo. 
Pero no. Tenía que ser Escote masculino.
Un cierto oxímoron -¡para volver a aquella palabra que usé por primera vez cuando me entrevistó Bernardo Neudstadt por radio!-. Una cierta desfachatez.
¿Que quiénes finalmente me dieron el empujón para dejar de corregir y mandarlo a imprenta?
Miles de manos, mentes y comentarios amigos, compañeros de taller(es) literario(s) -tiendo a abusar de ellos, soy adicta- y por supuesto: la familia. Hijos. Esposo.
-Mami, dale. Terminá la última frase hoy. (Jeremías, una nochecita en el Estadio Israelita cuando yo dije, por enésima vez, lo termino mañana). No me dejó. Tenía que ser ese día, aunque era oscuro y había jugado basket y al día siguiente había colegio y faltaba cenar. 
Gracias Jerito.
-Mami, ese tipo, del que hablás con la abuela, ¿por qué no se lo presentamos a la tía Sonia? (Henry,  un día cuando yo estaba promediando la novela y la comentaba con mi suegra en su casa de Buenos Aires).
Gracias, Henry: ahí vi que tenía un personaje real, creíble, querible y fabuloso.
-Mami, ¿cuándo sale el libro? ¿Cuánto falta para que lo manden a imprenta? ¿Que no sabés? ¿Cómo que no sabés? Dale mami, listo de corregir. ¿Y? ¿Ya terminaron la edición final? Dale, tiene que salir.
(Coni, unstoppable, como una topadora, cuando la novela ya estaba escrita y ultra corregida, pero seguíamos editando).
Gracias, Conita: ese empuje fue un motor encendido hasta el último instante en que finalmente, dijimos con Lorena, mi socia en Editorial Furtiva, "no se edita más. Se va a imprenta".
-Amor, tiene que ser el mejor lanzamiento de libros de todo Chile, tiene que venir la prensa, te tenés que tirar del Mapocho si hace falta. (Sergio, mi amado, entusiasmado a rabiar con mis supuestas dotes que no podían pasar desapercibidas).
Gracias, Ser.
Finalmente no me tiré del Mapocho.
Pero mi admirado Pablo Simonetti -mi maestro- me presentó el libro en un bello y perfumado salón del Centro Cultural Las Condes con unas copas de vino tinto que Casa Donoso gentilmente sirvió, y los mejores quesos de la empresa Party Food.
Fue una fiesta.
Estaban todos los que me quieren.
Y, en espíritu, todos los que no pudieron venir (pero hubiesen querido).
Me puse mi mejor Escote Masculino (sobre el regazo) y disfruté como lo hacen las mariposas que solo viven por pocas horas.
Si me hubiese muerto ese día, hubiese sido de alegría.
Árboles ya planté, varios, en Israel. Y en Australia.
Hijos, los 3 mejores de la tierra entera (junto a todos los otros mejores hijos del mundo de todos ustedes).
Ahora vamos por el segundo libro.
Voy a necesitar todo el apoyo moral de la tierra media y del más allá. Y el estímulo de los hijos y las ideas subversivas de mi esposo (how about walking naked around the streets of Santiago city, mi amor?).
Me tengo fe, eso sí.
Igual, ya me gané un lugar en el olam habá.











09 junio 2015

A veces las emociones vienen todas juntas (o Poesía sin fin)

Un día faltaba para el Bar Mitzvá de Jeremías. Era viernes y había llegado toda la familia de Buenos Aires y Estados Unidos. Estábamos tomando un café en una -o varias- mesas de Mokka en el Portal La Dehesa. Relejados, emocionados, felices, riéndonos. Y me suena el teléfono. Pensé que eran los del salón, o los del catering, o tal vez los caricaturistas que había contratado para la fiesta. A un día, esos son los llamados que uno espera. Pero no.
-"Te llamo del casting de la película Poesía Sin Fin de Jodorowsky... Alejandro quiere volver a trabajar con Jeremías"...

Muda.
¿Qué hago? ¿Le digo a Jere "altiro"? ¿O espero a después de su Bar Mitzvá?
Por una cuestión de logística -y un poco de sentido común-, igual esperamos hasta después de su Bar.
Sábado 16 de mayo ahí estaba Jere leyendo sus parshiot como bajur bar mitzvá. El martes 19 de mayo lo sacamos de clase en mitad del día para contarle que otra vez lo habían convocado para protagonizar como "Alejandrito" en la nueva película de Alejandro Jodorowsky. Sí: lo sacamos de clases (se ve que mucho sentido común no tenemos... ¡pero era tanta la tentación!).
¿Que cómo reaccionó Jeremías?
Con un ataque de risa.
Luego volvió a clase como si nada pasara.
Después de todo, los actores son así. Saben disimular.

Nos vemos en Cannes, hijo :)

Jere en "Un cuento americano"

Jere en "El violinista sobre el tejado"
Jeremías y Alejandro Jodorowsky
Jere en "La Danza de la Realidad"

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