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22 agosto 2023

Tercer Premio en concurso de cuentos organizado por AMIA por mi relato "El cruce"

Año 2003, jurados: Silvia Plager, Diego Paszkowski, Ricardo Feierstein, Mario Ber y Marcelo Birmajer. Yo participé con el seudónimo Agnes y me premiaron con el tercer lugar. Se publicó un libro que se llama "Rostros de una identidad". Mi cuento ganador se llama "El cruce". Aquí lo reproduzco, creo que les va a gustar mucho.



El cruce

Se refería al celular. Es más guapo, dijo, en realidad. Y eso fue lo que me sorprendió. La palabra guapo en un chico de cuatro años, porteño de cepa pura, que con suerte habrá salido de la Capital sólo para ir al country.

-El de mi chica es más guapo.

-¿Qué cosa? -dije, corrigiéndome enseguida por: -¿Qué es más guapo?

-El celular. Es más guapo

-Ah –dije como lela. ¿Y por qué? ¿Cómo es el de tu chica?

-No sé, es más lindo.

Mi cabeza de lingüista se estaba haciendo un festín. Mientras analizaba cómo había llegado el término guapo -no sólo anacrónico sino desfasado por clase social, edad del emisor y año escolar en curso- a su boca, le terminaba de abotonar el pantalón verde a mi hija y pensaba cómo sería en realidad el celular de su chica. Pero cuando le quise preguntar, Santiago ya estaba ocupado en otra cosa. Venía la torta, pero antes, y sólo para el que apoyaba bien la cola y se cruzaba de brazos y de lengua (qué imaginación los animadores), estaba la piñata. 

Piñata. Cuñataí, me sonó. Piel Naranja. Rojaijú. Rojaijú decía Reina, y yo me sumergía en vida ajena de tierra roja y me imaginaba que era un cuento más. Reina se reía con los huecos en la boca y un diente dorado mientras se le sacudía la panza gorda de comer tortas fritas. Mi chica me contaba historias de amor sacadas según ella de la vida real y para mí en esos momentos se paraba el mundo. ¿Sabría Reina que mi mente tenía fronteras claras a los seis años, que pasaba de la Capital Federal sólo para ir a San Miguel de sábado a domingo? ¿Qué sus historias eran una declaración de amor a mis cinco sentidos? Lo dudo mucho. ¡Pero lo hacía tan bien!

Después del ruido seco de la cara de Superman reventando en el aire y vomitando caramelos, silbatos y pulseras de plástico, el espectáculo siempre triste de niños avalanzándose sobre las baldosas y empujándose por conseguir más, me dediqué a observar el ambiente. Había tres mesas redondas con manteles rosas. Alrededor de una de ellas se habían juntado las mamás de Shirly, Yamila, Jazmín y Jésica. La de Florencia se había levantado para hablar por teléfono. (No en búsqueda de un público ni para pedir prestado el del salón, está claro supongo. Se levantó en busca de señal. El movicom parecía no captar bien bajo el pelotero). También estaba la mamá de Alan, con la mirada clavada en los zapatos de doscientos cincuenta pesos de la de Federico. Todas hablaban moviendo las manos recién hechas en perfecta armonía de turnos. No pude evitar pensar en una imagen que había visto cierta vez en la tele, de un cruce de avenida en la República de China: dos bandos esperando atravesar la acera cuando cambiara el semáforo, parecía imposible que no se chocaran unos con otros. Sin embargo, a la luz verde, el cruce se logró con éxito (obviamente: lo hacen todos los días cientos de veces) sin siquiera rozarse. La imagen de los chinos encontrando sinuosos su rinconcito de asfalto sin tropezarse mientras avanzaban hacia la vereda de enfrente me venía ahora a la mente con insistencia. Mariela hablando de la casa en Venado I y enseguida Marina metiendo su bocadillo sobre las casas del Club de Campo y entraba Sandra comentando sobre el nuevo jardín de infantes que allí funciona y Marcela tomando la posta preguntando por la cuota de ese shule y Judith respondiendo a la pregunta anterior de Daniela sobre el divorcio de la morá de cuarto y todas en armonía. Eso sí que era destreza. Un ballet de la palabra.

En la otra mesa estaba la familia del nene del cumple. La abuela acariciando los sesenta con pinta de siete menos, gracias a la buena ropa, el pelo de peluquería y tal vez algún amante. La otra abuela con tal vez cincuentipico pero apariencia de vieja. Siempre pasa así, pensé: una de las abuelas es espléndida y la otra fea, o gorda, o desaliñada. Cuál me tocará ser a mí, me pregunté. Y por qué no podrá haber lugar para dos consuegras igualmente guapas.

Volví a Santiago. Con padres de nombre Yael y David no era difícil darse cuenta de porqué habían escogido ese nombre para su hijo: una revancha. La vida da doble oportunidad gracias a dios. Llamarse Santiago era como gritarle al mundo que uno puede ir a un shule, tener una morá, ir a Hebraica, comer knishes, hacer el kidush pero igual ser un poquito goi. 

Repasé los nombres de los otros compañeros de mi hija. Estaban todos los santos: Pablo, Juan, Tomás, Lucas, Mateo. (Con Pedro nadie se había animado hasta ahora). Había también tres Matías y un Jerónimo. Con las nenas la cosa estaba clara: les habíamos usurpado los nombres a las bianudas de la clase alta sin vergüenza: Delfina, Martina, Sofía, Guillermina, Ana, Clara y Agustina. Ya deben estar ellas virando hacia otros nombres para reencontrar su exclusividad, sólo relegada hasta ahora a María, Belén y Cristina. Con eso nadie se atrevió hasta ahora, sigue siendo terreno virgen.

En medio de mi repaso vuelvo a pensar en Santiago. La tez color beige subido. Los ojos achinados (y vuelvo al cruce, a las conversaciones victoriosas). Alto, Santiago. Y flaco. Los modales entre finos y campestres. ¡Y ese pelo! Lacio, pesado y con unos reflejitos envidiables. Bastante morocho en el fondo y con un manto dorado en la capa superior. Bien pero bien pesado. Como el de las shikses, pensé, recordando a mi vieja con uno de sus axiomas favoritos: todas tiene el pelo sano porque no se hacen nada y se lo lavan con jabón en pan. Y yo la escuchaba con envidia llorando mis rulos polaco-rumanos, finos y erizados que me hacían cabeza de leona. Un espanto.

Pero Santiago. Y ese nombre. No era que no lo tuviésemos incorporado al repertorio, como ya dije. Sólo que en esa familia no cuajaba. ¿Cómo será llamarse así con dos hermanos Ilán y Mijal? Nunca me lo había puesto a pensar, pero se ve que ese cumpleaños estaba siendo propicio para una reflexión un poco más detallada, un tanto más a fondo que lo habitual (es increíble lo que se puede lograr estando solo, evitando las charlas cíclicas de las reuniones de siempre con los amigos de siempre en los lugares de siempre con los temas de toda la vida: los chicos, el country, la shikse. Hay algo más en mi mente aparte de eso. Qué bueno descubrirlo). 

Mientras pensaba en el árbol genealógico del compañero de mi hija en el jardín de nombre bíblico y costumbres paganas, distingo de casualidad una cuarta mesa. Hasta el momento no había reparado en ella. También con mantel rosa, también servida con jarras de Coca Cola (cinta roja para la de Coca Light) y también “habitada”: un pequeño ejército de empleadas domésticas se había sentado alrededor esperando a sus pequeños precoces patroncitos. A varias las conocía bien de tanto ir a sus casas a buscar a Sol. A Blanca, por ejemplo, la de Matías. Le ponían un delantal rosa para que combinara con su nombre. Era un  amor. Siempre me recibía  con sonrisa, hasta por teléfono, podía jurarlo. Rojaijú, Blanca.

Al lado estaba Rosa, la de Shirly. Adusta y tímida. Sin uniforme. Expectante. A la de Guido se le notaba el cansancio en las manos y en las arrugas de la frente. No debía ser fácil limpiar semejante mansión y satisfacer los caprichos de un don nadie venido a más. (Daniel era odioso,  textil, piojo resucitado, nuevo rico y nuevo religioso devoto. No hubiese querido estar en el lugar de Gladys ni medio día. Mucho menos con cama adentro).  Y había una más, a ésa no la conocía. 

Habían tomado la automática decisión de dejar una mesa libre entre ellas y las otras, las mamás como decíamos nosotras de nosotras mismas, o las señoras como nos decían ellas. O las.... vaya una a saber cómo se referían a nosotras en la intimidad de sus charlas. A pesar de que la mesa de ellas estaba también servida con canapés, sandwichitos sin jamón y empanaditas de queso, y a pesar de que también tenían sus sendas jarras de gaseosa,  no habían alterado siquiera el orden de los vasos puestos en forma de racimo de uva. Las servilletas seguían aún haciendo conejito ahí dentro. Los knishes ya no humeaban pero ninguna los había tocado. Qué exceso de pudor, pensé. ¿O es que seremos tan brujas e intimidantes? Pensé en Reina otra vez. En Esther, en Tita y en Elsa. Mis chicas. ¿Cuándo me las había apropiado y cuándo dejaron de pertenecerme para pasar a ser “la shikse”? ¿Cuándo se quiebra esa inocencia del lenguaje y nace la intencionalidad? No, el lenguaje no es nunca inocente, me corregí. Yo decía mi chica y mi corazón se reconfortaba por la protección que implicaba el “mi”, y la cercanía que implicaba “chica”.  Yo decía mi chica y no tenía que explicarle a nadie que me refería a la señora que trabajaba en mi casa y que dormía en mi casa y que no era ni vieja ni nena y comía con nosotros pero no era mi hermana. “Mi chica” abarcaba todo eso. Era un símbolo. Como cuando mi mamá decía shikse, todos sabían a qué se refería. Y ella decía que hasta las mismas shikses ya lo sabían y que por eso ya no se podía usar más esa palabra para hablar de ellas delante ellas porque ellas ya lo sabían. Era como decir tujes. Hasta los goim lo sabían.

-Llamálo, dale. Decíle si puedo ir a lo de Lucas. Porfi.

La voz inconfundible de Santiago interrumpió mi viaje. Estaba parado en la cuarta mesa y hablaba con esa chica, la única a la que yo no conocía. Las demás siguieron su conversación bajita sin excesos y Santi insistió:

-Dale, llamalo, quiero ir a lo de Lucas.

La chica negaba suavemente con un movimiento de cabeza. Mientras lo hacía, el pelo negro pesado y brillante se mecía a un lado y al otro, como caderas de mulata apetecible. Jabón Espuma, pensé. La veía solamente de espaldas. Santiago le hablaba con firmeza pero con dulzura. Inclinaba la cabeza como sólo lo saben hacer los chicos y los que piden en la calle, con mirada suplicante y un dejo de mandato imposible de esquivar. Parece que la convenció, porque la chica metió la mano en una cartera y sacó algo. Primero me llamó la atención su mano: recién hecha también. French y cuadradas, a la moda. Después la cartera: era de una buena casa del shopping. Cuánto ganará pensé. O tal vez se gastó todo el sueldo en esa cartera, como lo hacen muchas. Santiago le seguía pidiendo que llamara, con una impaciencia tan típica, como si no hubiese detectado que ella ya había accedido. Entonces decidí acercarme para ver qué pasaba. Lo hice con esa superioridad con que lo hacen las mamás de los amiguitos de sus hijos al verlos a los primeros en problemas. Como diciendo: “Dejá que yo me encargo, yo soy amiga de la mamá, tengo más autoridad que vos, más vínculo, dejá, andá, a ver, ¿qué pasa Santi?”. 

-No, es que quiero ir a la casa de Lucas.

-Bueno, esperá que llamo a tu mamá y le pregunto, quedate tranquilo – dije mientras intentaba sacar el celular de mi cartera y recordar el número de Cecilia.

Se ve que ambas cosas a la vez me hicieron demorar una fracción más de lo debido, porque ella me ganó de mano. ¡Claro, el celular de su chica, ¿cómo me había olvidado?! El de mi chica es más guapo, recordé. 

En efecto, era un Nextel última generación. Con vibra-call, pantalla color, reconocimiento de voz y ultra liviano.  Mi Nokia 5120 era el hijo bobo al lado de ese prodigio.

Lo habré estado mirando demasiado, porque cuando levanté la mirada ella giró hacia mí  y me dijo:

-Me lo dan por la inseguridad, viste? Por las dudas.

Santiago me miró con lo que a mí me pareció un guiño cómplice.  Se acercó a ella para marcar el número. Ella lo abrazó por la cintura y le hizo un mimo. Yo retrocedí para analizar mejor la escena:

“Viste”, me dijo, tuteándome. Con mucha seguridad. Como a mi altura. Sí, el de su chica era más guapo, sin dudas. Pablo, el padre de Santi, trabajaba en Nextel, no era raro que su personal tuviera aparatos geniales. Obviamente él y su mujer, primero. Pero, ¿la empleada también?

Y bueno, pensé, en la era de los secuestros, qué sé yo... estar comunicados es importante...

Me estaba yendo a buscar el saco de mi hija para irnos cuando ella giró la cabeza y Santi también, atraídos por el ruido de un parlante que se cayó con estruendo.

Cabeza a cabeza quedaron, los rostros pegados ya que los dos giraron hacia dentro, y él estaba sentado sobre su falda. Teniéndolos enfrente como en un cuadro, la vi y me sorprendí de mis pensamientos. Miré a esa mujer del celular más guapo. Y vi esas uñas. Y ese pelo. Negro, brillante, pesado. ¿Pero no tenía también una capa de finos reflejos arriba? Y esa tez. Beige subido. ¿Y no eran sus ojos achinados? Y esa cartera. Y ese mimo. Tan maternal.

Santi se puso de pie, salió corriendo en busca de torta de Chocolinas y ella me miró sabihonda. La misma cara. Pablo, pensé. Será posible. Rojaijú, me sonó. La carne es débil.

Cerré mi boca que había dejado abierta a lo tonta, por la sorpresa, y bajé la mirada. “Se va a lo de Lucas”, me dijo, como si fuera una de nosotras. Faltaba que preguntara cuánta plata íbamos a poner para el regalo de fin de año y quién estaba juntando.

-Ah -dije, como lela. Pensaba en Cecilia.

La chica se levantó. Meneó el pelo, amagó a irse pero volvió. Se sirvió un vaso de Coca, tomó un poquito y mordió medio canapé. Caminó hasta la segunda mesa, se inclinó sobre una mamá, ladeó la cabeza y dijo:

-¿Cuánto están poniendo para el regalo de fin de año?♦

Colección imaginaria Editorial Milá, Buenos Aires, 2004.

Antología del Concurso Internacional de Cuentos de Temática Judía


14 agosto 2023

Premio Marcha por la Vida. Primer Lugar Daniela Roitstein por su escrito "Judith.com".

A fines del año 2000 yo tenía una hija de dos años, Internet estaba desarrollándose, y yo quería participar del concurso para viajar a Marcha por la Vida: ir a los campos de exterminio en Polonia y honrar a los muertos, y regocijarme luego con la vida en Israel. Quería escribir basada en un testimonio real. Con Constanza a upa y el mate de compañía, me puse a investigar en ese mundo que estaba muy lejos aun del chat GPT que hoy conocemos. Pero ocurrió un milagro. Y Judith, cuyo testimonio yo quería plasmar, me contestó. Y escribí Judith.com y un día me avisaron que había ganado el primer premio y viajaría. Dejo para otro post la experiencia en sí. Aquí lo que quiero es dejarles el escrito ganador. Honrar a Judith. A todos. A Laiche con cuyo nombre firmé mi seudónimo. Laiche Ostrower era la hermana de mi abuelo Raúl que él amaba. Por ella. Por todos los judíos asesinados en la Shoá. Y los traumados, los dolidos, los asesinados en vida. Por la vida. 



JUDITH.COM, por Daniela Roitstein

 

 

Marcha 2001-  Categoría Universitarios

-Original Message –

From: ----------

To: H_Z_JAEG@NETVISION.NET.IL

Sent: Monday, September 18, 2000 8:45 PM

Subject: asking for permission

Judith Jaegermann, Shalom:

My name is ----------[1], I´m from Argentina, 31 years old, --------. I was looking for Holocaust survivors testimonies on the Internet, and I reached yours (at www.remember.org).

First of all, I would like to thank you for letting all the people have a first-hand testimony of the HORROR – I think I can’t even imagine how difficult was for you to remember all those things.

I want to write a monograph about one holocaust survivor, because the Hebraica from the Argentinean Jewish Community is organizing a monograph contest about the Holocaust - Personal Stories. The prize is the trip to "Mitzad Hachaim".

I would like to ask you -and is difficult for me to ask this- if I can write about your testimony, which I read on the Internet as I told you, and if you let me ask you some questions for that purpose. I will understand if you do not want me to chose your material, because I can understand how private and sensitive it is. If you do agree, please let me know writing to:

----@ciudad.com.ar

Thank you very much and kol-tuv

 

From: "h_z_jaeg" <h_z_jaeg@netvision.net.il>

To: "-------" ---@ciudad.com.ar>

Subject: Re: asking for permission

Date: Tue, 19 Sep 2000 03:39:23 +0200

“Dear ------: of course you may use my testimony, even with all the real names in it. And you can ask me whatever you want to know. I am glad that it interests young people like you, and thats (sic) why I want you to help to anderstand (sic), so just go on asking..... Kol tuv to you too ----- and I am waiting for your questions,

Judith.”

 

Así la conocí. Es decir: ¿la conocí? Virtualmente, seguro. A diario nos carteamos -nos “meileamos”, como se suele decir hoy en día-. Me lleva muchos años, y es mucho más historia que cualquier libro, toda ella es historia caminando. Me la puedo imaginar aunque nunca nos hayamos visto. Judith Jaegermann es mi nueva forma de ver la historia que siempre nos contaron. Se ha transformado en mi prisma, en mi máquina del tiempo. La rescaté de las fauces de la Red de Redes que se traga todo casi sin procesar, para hacerla pública y más viva aún. La descubrí un día por causalidad, navegando con rumbo fijo: holocausto, shoá, sobrevivientes, Auschwitz, nazis, ghetto, resistencia, Treblinka, gas, seis millones, Hitler, Maidanek, Anilevich, humillación, muerte, negación: Testimonios. Mi sorpresa iba en aumento al descubrir que la tecnología estaba, también, al servicio de la memoria colectiva.

Sin embargo, al mismo tiempo que descubría a Judith y su testimonio como sobreviviente de la peor atrocidad que parió el siglo XX,  Internet me iba revelando sus miserias: páginas y más páginas diseminando masiva y silenciosamente la ideología nazi y antisemita[2]. Como un ser mitológico de mil caras, la última invención de la humanidad confirmaba la clásica enseñanza del pensador McLuhan, maestro entre otras cosas en el arte de acuñar términos: “El medio es el mensaje”. Este pensador canadiense no dudó un momento en que la revolución en el campo de las comunicaciones está dada por el medio en sí, más allá del contenido que ese medio de comunicación contenga. Cada medio lleva consigo el germen del cambio que va a generar. Por caso, la sola presencia del aparato de televisión en un hogar, provoca cambios actitudinales en el seno de una familia, que poco tienen que ver con la programación existente y con el contenido de los mismos:  muchas familias cenan alrededor del televisor encendido, hecho éste que les brinda  temas de conversación a diario, sea cual fuere el canal sintonizado y el programa emitido. El diario, la radio, la televisión, el teléfono, la computadora, cada uno de estos fenómenos tiene la capacidad de generar cambios independientemente del contenido con que se los “llene”.  “El medio es el mensaje”, sentenció McLuhan. Internet, el medio, nos está transformando a todos. Pensemos en el cuerpo humano: sólo tenemos dos ojos, dos brazos, dos piernas. La computación, sin embargo, nos ayuda a conquistar el espacio: nos da mil ojos, mil brazos, mil piernas. Y además nos ayuda a multiplicar infinitamente nuestro tiempo: lo que nos llevaría horas o días enteros si nos valiéramos de nuestro limitado cuerpo humano, nos lleva décimas de  segundos o unos contados minutos.  Nuestros oídos nunca volverán a ser sólo dos.

Por lo tanto, es posible respirar con cierto alivio, y entender que si bien las nuevas tecnologías permiten una nueva forma de difusión de ideología nazi[3], también permiten que el testimonio de la verdad sobre la Shoá llegue a millones de hogares, incontables veces (el acceso a un sitio puede repetirse en innumerables oportunidades, a diferencia de otros medios de comunicación que sólo facilitan su contenido por única vez -salvo que se lo atesore-, como un diario o un programa de televisión)[4]. En una época en la que estamos corriendo una carrera contra el tiempo, ya que los testigos presenciales de la Shoá están, en el mejor de los casos, entrando en la tercera edad, Internet es un medio óptimamente preparado para continuar con la faraónica obra que implica el salvataje de la verdad –un barco que no debemos dejar que naufrague-.

 

Judith, la protagonista

En ese barco llamado verdad encontré a mi pasajera. Navegué sin descanso y la recompensa fue dulce como el maná (man) en el desierto. Judith Jaegermann vive hoy en Israel, tiene setenta años, está casada, tiene dos hijos -casados también- y es abuela de seis nietos, ¡todos varones! Siente como una misión  el hecho de difundir su testimonio por donde pueda. Por eso cada año, cuando el calendario marca Iom Hashoá, se reparte dictando conferencias y dando charlas, incansablemente, en los colegios de sus nietos, en campamentos militares, en organizaciones juveniles. Riega la verdad por donde puede. Y con sus setenta revisa su casilla de correo electrónico a diario, y nunca deja pasar más de dos días para responder.

Su testimonio[5] impacta por la crudeza de imágenes, y porque siendo terrible, perturbador y horroroso, nos hace bendecir la vida –la suya, la nuestra- y acentuar nuestro compromiso: nunca más un Holocausto. Cualquier semilla de antisemitismo o mínima intolerancia –hacia nosotros o hacia cualquier otro grupo humano- debe ser denunciada públicamente, esté uno donde esté.

 

El Infierno Existió y se llamó Auschwitz

Judith tenía siete años cuando debió entender, a la fuerza, que su condición de judía se convertiría en una señal de peligro. Era la fiesta de Sucot, y su papá estaba ocupado cumpliendo con el precepto de la construcción de la cabaña tradicional en el fondo de la vivienda, en donde funcionaba también el resturante casher del que eran dueños. De pronto, piedras enormes arrojadas desde la ventana de unos vecinos la hirieron seriamente. “¿Por qué nos hacen esto, papá?”, preguntó aturdida. “Porque somos judíos”. Fin de la escena. Comienzo de una nueva vida para Judith. Había nacido en Karlsbad, Checoslovaquia, y hasta esa edad era -¿inocentemente?- feliz. Luego de este episodio, debió trasladarse con su familia a Praga, huyendo de los alemanes. Allí vistió obligatoriamente la estrella amarilla, le estaba prohibido salir de su casa después de las ocho de la noche, y sólo podía viajar en el último vagón del tranvía, puesto que los otros estaban “Prohibidos para judíos”. Judith prefería ignorar lo obvio, aferrándose a su oso de peluche  de Leipzig que completaba a la perfección su colección de 28 muñecas.  Sin embargo, a los once años y medio se acabó lo que le quedaba de infancia, cuando fue convocada en Praga para un “transport” –léase, la deportación de seres humanos en trenes hacia los campos de concentración-. Como ganado. Peor, pues el ser humano tiene conciencia de la situación, del espanto. A pesar del mal destino, Judith encontró un motivo para ponerse feliz: finalmente podría reencontrarse con su amado padre, quien había estado prisionero en Karlien, y a quien sólo había podido visitar ocasionalmente. En esas pocas oportunidades, él lograba sacar apenas un dedo por entre la gruesa valla, y entonces su vida se iluminaba por unos segundos cuando su hija  le besaba esa ínfima parte de su cuerpo en momentánea libertad. De Praga fueron derivados a Theresienstadt, en donde pasaron 16 meses. Allí vivían comiendo mal, sucios, pasando heladas y enfermedades. Judith se enfermó de fiebre escarlatina, y solamente la presencia de su madre la salvó del colapso. “No cabe duda de que la presencia de mi querida madre me daba definitivamente coraje para vivir”. Todos los niños a su alrededor, morían de meningitis, fruto de la enfermedad. Pero Judith sobrevivió.

De Theresienstad recibieron el llamado para el infierno. Sí, el infierno existió y se llamó Auschwitz. Los rumores hablaban de cámaras de gas, pero nadie quería creerlo. La incertidumbre volvía las cosas peor aún. “Lo desconocido es algo espantoso, inclusive imposible de describir”. Bajo la mirada atenta de Eichmann, Judith y su familia fueron empujados dentro de los vagones de carga del tren. Él, con su impecable uniforme, con los pies en sus botas lustrosas abiertos a ambos lados de su cuerpo, con su sonrisa cínica, miraba cómo esos infelices inocentes eran tratados como animales. “Golpeados por la consternación y aterrorizados, nadie se hubiese animado a resistir o negarse a subir a los vagones”, explica Judith, como si hiciera falta; como si necesitara justificarse ante algunas voces que ignorantes preguntan “por qué no se defendieron ellos, los judíos”... Y los perros, ah, también ellos ladraban amenazantes azuzando a los pobres infelices a subir al tren sin boleto de vuelta, acompañando a coro a los gritos de “Vamos, judíos miserables” ...

La vida de Judith durante el Holocausto estuvo signada por dos figuras: su padre y su madre. Por ser la menor de tres hermanas, era la más mimada por él. Para ella, su padre era la otra gran Roca[6], junto a D´os, en quien no dejó de creer, “ya que mi madre creía en él, aun en los peores momentos, y eso me dio voluntad para sobrevivir” –responde hoy a la inevitable pregunta que solemos hacer con un dejo de timidez, ya que nos hace sentir (sin motivo) un poco niños. Pero ¿qué le sucede a una niña cuando la imagen paterna, pura contención y cobijo, imagen de hombre fuerte, enorme y protector, se desmorona frente a sus ojos? Su propia vida se desmorona también: “No recuerdo cuánto duró el viaje de Theresienstadt a Auschwitz, pero una de las imágenes más espantosas, que me persiguen hasta hoy, es la de aquel “balde para excrementos” que habían instalado en medio del vagón. Era inhumano y degradante. En un momento, por una pequeñísima abertura mi padre le preguntó a un empleado de los ferrocarriles si de allí los transportes seguirían hacia otro destino. El empleado contestó, con su pulgar hacia arriba: ´Seguro, hacia lo alto, a través de la chimenea, que funciona las 24 horas, hacia allí van los trenes´. Yo escuché la conversación de casualidad, y mi pobre padre, tras escuchar la respuesta, inmediatamente tuvo diarrea y retortijones. Tuve que ver cómo mi enorme y fuerte papá, quien me parecía la persona más fuerte y valiente del mundo entero, debió bajarse los pantalones y, sin vergüenza, tuvo que sentarse en el balde de excrementos delante de toda esa gente. Ese hecho tan degradante para él, me hizo sentir que todo mi mundo se había desmoronado”.

 

La identidad, ese tesoro

Con su mundo colapsado a cuestas, con su adolescencia floreciente, Judith tuvo que sufrir más humillaciones. Al llegar a Auschwitz y bajo gritos amenazadores, fueron separados hombres y mujeres -otra vez estaba sin su padre-. Debieron desvestirse por completo, mientras sus pertenencias eran retiradas de inmediato del lugar. Judith tenía trece años, poco para haber vivido tanto. Como a Teresa, también de Checoslovaquia, protagonista del libro clásico de Milan Kundera, cuya peor pesadilla era desfilar desnuda a la fuerza junto a otras mujeres igualmente así, a Judith le estaba prohibida la intimidad. “Su desnudez era el signo de la uniformidad obligatoria del campo de concentración; el símbolo de la humillación”[7] –dice Kundera de Teresa. Decimos nosotros de Judith. Y después, el rasurado. Total. “Cuando fue mi turno noté que quien lo hacía era un hombre. Pero, en realidad, no era un hombre. Era un pobre prisionero con su traje a rayas, ojos hundidos y apagados y cara demacrada. Hacía su trabajo sin atención y sin fuerzas. Una vez que estábamos todas rasuradas, cabeza, axilas, pubis, parecíamos monos. Ninguna se animaba a mirar a las demás. Algunas lloraron, mientras que otras comenzaron a reír histéricamente. Era absolutamente grotesco”. Y pensar que hoy en día el símbolo joven del antisemitismo se representa en muchachos de cabeza rapada –los skinheads-, mostrándonos que la vida está llena de símbolos, y nosotros no hacemos más que vestirlos de significado.

Luego de permanecer desnudas por horas, les fueron entregados unos harapos. Judith sólo podía pensar en su padre y en el destino que les depararía el futuro. ¿Volvería a verlo? Llegó el turno del tatuado. Sí, el despojo de la identidad –o, mejor dicho, su intento- también existió y se disfrazó de números tatuados. Judith “recibió” el 71502. Fue doloroso, y mientras se lo hacían quiso quitar el brazo, obligada por el dolor. Un sonoro cachetazo en el rostro fue lo que obtuvo por respuesta. “Era una mujer polaca, grande y horrible, la encargada de hacer el tatuado”. El espanto de los números le sirve hoy a Judith para hablar de su pasado con sus seis nietos. Ellos ven su brazo izquierdo y preguntan. Ella contesta y cuenta. Otra vez, la resignificación de los símbolos: aquello que los nazis creían instrumento de anulación, hoy le sirve a una sobreviviente para asegurar, a través de la memoria, su identidad y la de su pueblo.

 

La degradación

Nuestra heroína -¿alguien duda de que los sobrevivientes de la Shoá lo son?- describe con detalles su vida en el campo que le tocó en mala suerte –Birkenau, B 2 B, Bloque 12. Recuerda los interminables pases de lista, varias veces al día, parados horas en el frío helado  o bajo sofocantes olas de calor. Muchos no podían resistirlo, debilitados por la desnutrición, el trabajo y el frío, y se desmayaban o sufrían un colapso. Allí mismo les disparaban, y se los llevaban. El alambre de púas era el paisaje permanente, y muchos se suicidaban electrificándose con las torres de alta tensión que los separaba. Judith recuerda una niña: en un instante estaba viva y al siguiente se había trepado al alambre recibiendo la muerte. “El infierno en su forma más pura, imposible de describir”.

Recuerda a Klenikova, una mujer que llevaba su hogaza de pan a todas partes, para no morir de hambre. Y que un día se le cayó en la letrina sucia y por pura desesperación se zambulló en la misma, sin importarle que tanto ella como su pedazo de pan estuvieran totalmente mugrientos. Y que lo rescató, lleno de excrementos. Y que unos meses después la vio morir a su lado, en Bergen Belsen. Y que “es un milagro que haya sobrevivido tanto, porque no comía, sólo almacenaba”. Y que nunca olvidará ese incidente de la letrina. “La gente se convirtió en animales”.

Recuerda a Mengele. Sí, la monstruosidad humana también existió y se llamó Joseph Mengele. Un día preguntó a la responsable de la barraca si había mellizas. Como nadie sabía si esa pregunta significaba vida o muerte, no quiso tomar la responsabilidad en sus manos, y repreguntó en voz alta: “¿Hay mellizas entre ustedes?”. Y sí, las había. Una se había hecho muy amiga de Judith –hay valores que florecen hasta en la peor adversidad- y cuando escuchó que ella respondía afirmativamente, su instinto le dijo que no volvería a verla. “Sí, nosotras somos gemelas”. Eran casi idénticas con sus caras pecosas. “Entonces, vengan conmigo. De noche estarán de vuelta”. Judith nunca volvió a verlas. Y olvidó sus nombres. Aun hoy, sufre por ellas.

Auschwitz era un infierno, porque lo hasta elemental se tornó imposible de llevar a cabo. Beber, comer, orinar.

Y las camas, otra tortura. Eran literas sin colchones, en tres niveles, en donde las mujeres debían apilarse, sufrir el frío –y la incertidumbre-.

Y la comida. Un líquido oscuro y aguachento llamado sopa, para el cual había que pararse en fila y esperar, una constante en Auschwitz. “En un par de semanas, todos nos volvimos flacos, entumecidos y apáticos, igual que aquellos que habían estado antes de nosotros en Auschwitz”.

 

Adiós, segunda Roca

Judith pudo ver a su padre unos días después del tatuado números, y su corazón saltó de alegría. Vestía un abrigo muy corto y angosto, y se veía terriblemente desdichado y degradado con esa ropa. Estaba totalmente deprimido, “pues nosotras también nos habremos visto terribles para él”. Como había sido nombrado –qué paradoja- cocinero para la SS, de vez en cuando les llevaba papas hervidas, poniéndose en riesgo de muerte. Si la comida que debía cocinar no era de su agrado -Judith, la adolescente, la del papá fuerte y valiente, debió escuchar esto por casualidad- simplemente sumergían la cabeza de su padre en agua hasta casi sofocarlo. Además, los hombres que eran sorprendidos visitando a las mujeres eran azotados hasta perder el conocimiento. Esta idea torturaba a Judith, y la cargaba de culpa (¡Sentir culpa, ella, la víctima!). Hasta que un 5 de julio, día del cumpleaños de su madre, Mengele en persona llevó a cabo la “selección”. Estaban paradas en filas, otra vez, y sin la más mínima idea de qué les iría a suceder. Mientras esperaban su destino, Judith vio a su padre parado a lo lejos viendo el proceso de selección y supo, en ese momento, que no lo volvería a ver jamás. Entonces se apartó de su fila, “corri hacia él, ignorando los gritos de las mujeres de que todas íbamos a ser castigadas o asesinadas por eso. Abracé a mi padre con todas mis fuerzas, y supe instintivamente           que esa era nuestra despedida para siempre. Después volví a mi fila, caminando en calma, sintiendo que me había despedido de papá, quien estaba allí llorando. Tuve suerte de que nadie de la SS me viera. Y así seguimos esperando a ver qué decidía Mengele. Nadie sabía qué lado significaba vida y qué lado muerte”.

 

Hamburgo, la miseria humana

Y les tocó la vida. Destino: Hamburgo. Viajes largos en vagones hacinados. Cuando las puertas se abrieron, varios cadáveres cayeron a tierra. Mujeres que habían muerto por sofocación. Las ubicaron cerca del puerto. Les dieron un poco más de agua. Pero llegó el invierno. Las esclavizaron haciendo cavar en la nieve. Judith casi muere congelada. Recuerda a Martha, de Viena: una vez la responsable de la barraca creyó ver en el rostro de la pobre Martha una sonrisa. Por lo tanto la castigó, haciéndola permanecer sobre sus rodillas, con ambas manos cruzadas en lo alto. (Y en el medio la desnutrición, la debilidad y el hambre). Pero la responsable creyó que aún sonreía. Entonces le agregó un ladrillo. Todos sabemos qué pasará si Martha flaquea. Pero hoy Judith está feliz: se enteró de que Martha sobrevivió y está viviendo en algún lugar del mundo. La felicidad es para siempre, dice. (¿La felicidad de la victoria, tal vez?). A pesar de Mengele, Eichman, la SS, la responsable de barraca intolerante de sonrisas, y más personajes oscuros y nefastos de la vida de Judith durante la Shoá, ella no cree en que el ser humano sea intrínsecamente malo: “Creo que hay todo tipo de personas, buenas y malas, como siempre ha sido”.

Y las ratas. Y la desnutrición. Y las condiciones de no-higiene. Judith, como todos allí, tuvo muchísimos forúnculos, que el Doctor Goldova, pediatra, les trataba precariamente sin posibilidad de desinfección alguna. Entonces, la fiebre alta. Y lo peor: quedar inútil para trabajar, lo que significaba la muerte. Judith debió operarse, pero pronto volvió a “trabajar”: A pesar de que le dolía muchísimo, no quería molestar a nadie, y sufría en silencio, hasta que milagrosamente se curó. “Ése fue uno de los milagros que ocurrieron. Evidentemente, D´os siempre nos ayudó a ponernos mejor, para que podamos sobrellevar nuestro destino.”...

Y ver sufrir a los seres queridos. “Una vez el comandante de campo Spiess descubrió que mamá había escondido una cáscara de papa. Con su revólver la golpeó furiosamente, hasta que empezó a salir espuma de su boca rabiosa.” Una cáscara de papa. Una cáscara de papa...

 

Bergen-Belsen y la liberación

Luego de nueve meses de estadía en el campo de concentración de Hamburgo, fueron trasladados nuevamente, ya que los Británicos bombardeaban seguido las barracas, pues al lado de ese campo se encontraban plantas industriales, que eran el verdadero objetivo de los británicos. De pronto, los vagones se detuvieron, y allí comenzó la Marcha de la Muerte. Destino: Bergen-Belsen[8]. “La primera vista de este espantoso campo, fue una enorme montaña de gente desnuda, muerta, que eran prácticamente sólo esqueletos”. Quienes aún podían caminar, lo hacían lentamente. Parecía una película en cámara lenta. No había absolutamente nada para comer. No había agua. Caos, nadie daba órdenes. Los alemanes habían huido. “No había nadie que nos supervisara”, dice Judith, y nosotros nos sorprendemos y pensamos, desde nuestra ignorancia, “¡¡¡eran libres!!!”. Pero para ser libres hay que poder caminar, tener fuerzas, capacidad de reacción. Y todo eso les estaba faltando. “La gente moría como moscas. La muerte estaba en todos lados”.

Una mañana se escucharon tanques. “Kids, we are free!!!”. Pero nadie podía moverse. Todos estaban tan apáticos, insensibles y sin fuerzas –muertos, casi, en vida- que es imposible de describir.  Los británicos le enseñaron a Judith de nuevo a caminar, como a los bebés. Le dieron vitaminas. Leche. Pan. Lentamente, comenzaron a organizar la repatriación. La vuelta a Praga le confirmó a Judith que su padre no había sobrevivido. El Joint les dio abrigo y comida. El pelo volvía a crecer. “Lentamente comenzábamos a parecer seres humanos”.

De Praga se organizaban contingentes hacia Palestina. La madre de Judith la anotó en la lista de la Aliá Juvenil. Ella sostenía que una de las tres (Judith, su hermana y  su mamá) debía dar ese paso hacia la libertad. Y Judith llegó a Haifa. Y pasó tres meses detenida en Atlit, campo de refugiados. “Con sólo 16 años, no podía entender porqué los mismo británicos, que nos habían enseñado a caminar de nuevo, nos mantenían allí, otra vez detenidos”.

Finalmente, Judith fue a vivir con su hermana mayor, ya en Israel hacía siete años, quien la cobijó con amor. Y no olvida a su madre, “D´os bendiga su memoria; ella fue mi ángel guardián durante los momentos más terribles”.

 

La Biblia y el Calefón

Hoy, Karlsbad (o Carlsbad), el mismo pueblo en el que le habían tirado piedras a Judith “por ser judía”, se ha convertido en la ciudad de aguas termales más conocida de la República Checa. Está a 125 Km de Praga, tiene 55.000 habitantes y una altitud de 370 metros sobre el nivel del mar, lo que hace que su clima sea ideal para la cura de diferentes enfermedades. Judith ha estado hace pocos meses allí con su hijo Rami, y dice que fue muy importante para él ver todos los lugares de los cuales ella disfrutó en su infancia, y las calles por las que caminó de la mano con su padre. Por supuesto, Karlsbad tiene su página en Internet[9]. En ella se jactan de la cantidad de turistas que reciben anualmente, de más de 80 países en todo el mundo. Nos da placer. Pero, lamentablemente, otra vez la Red de Redes sorprende para mal; cuenta la página web que Karlsbad ha sido visitada siempre por “ilustres personalidades”: “Each visitor, not only the famous ones, was and is a benefit for Karlovy Vary[10] and a good reference.. The visits of outstanding personalities are a tradition in Karlovy Vary and distinctively marked and enriched the history of the city... The following selected list of important visitors to Karlovy Vary is in chronological order ... 1938 - A. Hitler, German state official”[11]. No podemos sino sentir náuseas, viendo su nombre -que queremos ver borrado, im´aj shmó-, estampado entre las “ilustres personalidades que enriquecen...”. Así es Internet, una bolsa de material que hay que saber seleccionar.

 

De “Musulmán” a Testigo


Judith, de todos modos, sostiene, con razón, que la historia vive en las personas, en los testimonios. “Ningún libro puede decirte tanto como una persona que ha estado allí. Eso es lo que yo hago aquí en Israel y en Europa”. Estas palabras nos llevan a reflexionar sobre la teoría que vierte Giorgio Agamben en su libro “Lo que queda de Auschwitz”[12], en el cual sostiene que un testigo presencial no puede evitar tener “lagunas” sobre lo vivido, por lo cual sólo el sobreviviente –que es, materialmente, ¡la misma persona!- puede testimoniar por él, “prestará sus palabras para que el testimonio tenga lugar”[13]. Judith misma dice en su testimonio que todos se habían convertido en “musulmanes” en el sentido que se le dio en los campos de concentración[14] y exterminio, inertes, consumidos. Por tanto, esta monografía no estaría sino cumpliendo con la misión de traer a la sobreviviente Judith para que le preste su voz, y sus palabras, a la testigo presencial Judith, Laluschka, la de 15 años, a quien rescata ya que el horror pudo haberla dejado muda.

¿Y qué piensa la Judith de hoy de la repetición de la Historia, de la posibilidad de que una Shoá pueda volver a ocurrir? “Creo que puede repetirse, simplemente mirá cómo está el mundo hoy, querida, ¡¡todo el mundo nos odia!! Estoy muy deprimida últimamente por esta situación, creo que puede convertirse en un galgal jozer[15].

Y no sabemos si creer en su intuición o en las conclusiones a las que llega Stanley G. Payne[16]  cuando descree de la posibilidad de que un fascismo genérico europeo vuelva a repetirse, ya que sostiene que hay dos motivos primarios para ello: “uno es que en 1945 se destruyeron las pretensiones y la dinámica imperialistas de los nuevos estados del decenio de 1860, y no es probable que resuciten. (Y dos), las bases culturales del fascismo genérico se han visto totalmente erosionadas en la era posterior a 1945... Hoy día todas las fuerzas ideológicas en competencia comparten un materialismo humanista común, que excluye tanto el idealismo como la vitalidad anteriores. La tendencia se ve acentuada por la crisis general de la autoridad, y la aceptación general de los conceptos de igualdad (social, racial, internacional)” (Pág. 209). Pero, ¿cómo podemos intentar calmar a Judith, cuando a nuestro alrededor se acepta un Haider en Austria, se revoca la prisión a un grupo de Skinheads en Argentina por considerar los jueces que “Judío de mierda” no es un grito antisemita sino un grito de guerra (¡!), cuando en Cleveland, Ohio, aparece una pintada en un mural con la leyenda "Jews Appreciate Nothing and Expect Everything” y el dibujo de un judío sobreviviente del Holocausto con una bolsa de dólares a sus hombros[17], cuando, en el diccionario de la Real Academia Española sigue figurando “avaro” como sinónimo de la palabra “judío”?

James Parkes dice en su libro “Antisemitismo”[18] que el antisemita suele expresar acusaciones contra los judíos, siendo totalmente indiferente a la exactitud de la acusación proferida, con lo cual se vuelve imposible mantener la defensa frente a esta clase de ataque. (Pienso en cuántas veces intenté explicar en vano que los judíos no somos tacaños...) “Sólo se requiere falta de escrúpulos y un poco de imaginación para inventar una acusación nueva” (pág. 10).

¿Y entonces? ¿La desesperanza? No. La educación. Las ligas de defensa. La participación. La denuncia. La unión de pueblo. La no auto-destrucción. La difusión.

La memoria.

 

                                                  Laiche O. (Seudónimo)

 

DANIELA ROITSTEIN

 

Octubre   2000

[1] Se han omitido algunos datos en virtud de estar firmado este trabajo con seudónimo.

[2] El término “antisemita” se utilizará en este trabajo como sinónimo de “antijudío”.

[3] A modo de ejemplo, ver: www.americannaziparty.com, y ver especialmente su pág. de links: www.americannaziparty.com/links.html. con numerosa cantidad de direcciones de sitios de similar contenido.

[4] Se lee en el sitio www.remember.org: “This cyte (sic) received over one million hits again in both April and May 1998, making it one of the most heavily trafficked Holocaust-related Web Sites. We guesstimate (sic) that we will host close to a half million visits this year” (http://www.remember.org/awards.html).

 

[5] Puede leerse completo en: www.remember.org/witnesses/jaegermann. Esta monografía incorpora, además, datos obtenidos de entrevistas con la protagonista.

 

[6] “Adon-i tzuri vegoali...”, de la Amidá, Servicio Vespertino para Shabat, Sidur trad. y adaptado por Marcos Edery, Ed. Consejo Mundial de Sinagogas, 1965, Buenos Aires. Y también “Tzur misheló hajalnu, barjú emunai...”, de los cánticos para Shabat, ibid.

[7] Milan Kundera, “La insoportable levedad del ser”, Ed. Tusquets, 1984, pág. 64.

[8] Fue establecido en julio de 1943 como “Aufenthaltslager”, campo de tránsito, destinado a judíos que debían ser intercambiados por alemanes en territorio aliado. Con lugar para 10.000 personas, en marzo de 1945 se pobló con 41.000, debido a la retirada nazi que traía consigo a prisioneros de otros campos, en marchas forzadas, “de la muerte”. En 1944 las condiciones se deterioraron aún más, las raciones escaseaban, los judíos fueron obligados a trabajos forzados y duramente golpeados. Hubo epidemias y muertes por colapso físico y mental. Fue el primer campo de concentración en ser liberado por los aliados, pero 37.000 murieron antes de la liberación –incluida Ana Frank-. (Fuente: Enciclopedia Judaica, tomo 4, voz “Bergen Belsen”, Keter Publishing house, 1971, Israel).

[9] www.karlovyvary.cz

[10] Karlovy Vary es el nombre en Checo de Carlsbad. Aquí lo escribimos Karlsbad ya que la sobreviviente así lo hace, con “K”.

[11] Ver http://www.karlovyvary.cz/mesto/M13_aj.htm

[12] Giorgio Agamben, “Lo que queda de Auschwitz”, Pre-Textos, 2000

[13] Sandro Barrella, “Nombres del Horror”, La Nación 5.11.2000, pág. 8.

[14] El mote de “Musulmán” se le daba en Auschwitz a quien había perdido cualquier forma de voluntad o de conciencia.

[15] En hebreo, en su respuesta original.

[16] “El Fascismo”, Alianza Editorial, 1980, Madrid.

[17] Reportado por el capítulo local de la Jewish Defense League.

[18]James Parkes, “Antisemitismo”, Ed. Paidós, 1965, Buenos Aires