27 enero 2022

El retorno triunfal


(Este texto lo escribí cuando viajé a Marcha por la Vida y visité Auschwitz. Y lo recorrí.  Calentita. Comiendo chicle… Lo reproduzco aquí como homenaje a todos los asesinados en la Shoá. Con amor especial a la familia de mi abuelo Raúl (Israel) Ostrower. 

Ella estuvo dos veces en Auschwitz.

Una durante la segunda guerra mundial, en carne y hueso. Otra, en papel color sepia.

La primera vez la llevaron a la fuerza, seguramente engañada, obviamente humillada, certeramente torturada, aniquilada.

La segunda vez la llevé yo, por mi propia voluntad, seguramente más serena, obviamente más triunfante, aunque inequívocamente inerte, en un papel semi-mate de trece por dieciocho.

Ella estuvo dos veces en Auschwitz.

Una por consecuencia del salvajismo atroz de los asesinos nazis que la llevaron a la muerte. Y otra, por virtud de las nuevas generaciones judías que venimos Marchando por la Vida.

Ella estuvo dos veces en Auschwitz.

La primera, por consecuencia de la indiferencia mundial que miraba con ojos abiertos –y sin parpadear- la masacre única de la Historia que permitió exterminar a seis millones de judíos absolutamente inocentes.

La segunda, porque en mi bolso de viaje a Polonia 2001 decidí llevar lo imprescindible, y la llevé a ella. Para que retorne triunfal.

La puse en un sobre abrigado, la llené de perfume a rosas, la envolví en papel de seda. 

Y así la paseé por Auschwitz. La llevé bajo mi brazo, bajo mi campera azul calentita con magen david,  marchó conmigo enarbolando la bandera de Israel -¡en Auschwitz!- y miró de cerca las torres de control y las barracas por fin vacías, pero esta vez bien abrigada, protegida y libre. Segura.

Laiche Ostrower era una judía piadosa, inteligente, audaz, sabia y de buen corazón. Los nazis la mataron en un campo de concentración cuando era joven. Seguramente sufrió heladas, lastimaduras, dolores inmensos, enfermedades, golpes. Seguramente caminó descalza sobre el hielo por horas, no comió por días, “trabajó” hasta estar exhausta, pasó humillantes controles, se vio a sí misma –mujer hermosa- convertida en cadáver en vida. Seguramente sobrevivió hasta que pudo. Hasta que murió. Qué salvajes.

Laiche Ostrower era hermana de mi abuelo materno y cincuenta años después volvió al lugar en donde fue asesinada. Volvió de mi mano, a través del único retrato que tengo de ella, para comprobar que el Holocausto terminó. Que ella murió pero no su pueblo. Que su hermano, mi abuelo “Raúl” (Israel), único sobreviviente de su numerosa familia, no sólo se salvó sino que se casó con otra judía piadosa, y tuvieron hijos judíos y felices, que a su vez tuvieron hijos judíos y felices, que a su vez están teniendo más hijos. Todos judíos, felices, y libres. Y que por esa libertad hoy se suben a un avión, pisan suelo polaco, pisan Auschwitz de a miles, llevan banderas de Israel, y van vestidos, abrigados, bien comidos, perfumados, hermosos.

Y hablan de cosas mundanas de gente común.  (Porque en Auschwitz, señores lectores, mientras lo recorremos y caminamos, mientras nos preparamos para marchar todos juntos, se habla de todo, y se comen galletitas, y se toman gaseosas. Hablamos del tiempo, de alguna anécdota, nos contamos chistes, los adolescentes se miran, las conversaciones versan sobre televisión, deportes, familia, trabajo, estudio y hasta de qué me voy a poner  hoy a la noche. Nos convidamos pastillas, intercambiamos teléfonos y nos sentamos en el pasto. Les digo: estos actos mundanos en pleno suelo de Auschwitz son, sin duda alguna, el triunfo nuestro sobre la bestia nazi.

Porque volvimos a ser Personas, sin temor y con dignidad. Y porque hoy pisamos los campos de exterminio con el estómago lleno, los pies abrigados, las mentes lúcidas, la juventud a flor de piel, la sonrisa en la cara. Y la foto color sepia de una víctima paseándose calentita y perfumada en manos de la descendencia que no consiguieron truncarle.