16 octubre 2007

"Hoy vino Susana" (o de cómo la primera persona que extrañé fue Gladys)

No puedo empezar este post nuevo sin AGRADECER muchísimo todos los comentarios. De muchos iré tomando cosas para publicar nuevas entradas. Todos funcionaron de disparador y sin duda apretaron el botón de la memoria y los recuerdos. Un placer enorme. Kari, por ejemplo, firma "Kari (la que llevaba a pasear a Jere...)". Me sacó una sonrisa calentita y me vino al pelo para hablar de una anécdota -linguística, como no- de Jere. Kari y yo nos conocemos por esas circunstancias de la vida desde hace muuucho... pero nos hicimos amigas cuando su hija Yamilita y la mía Coni empezaron Sala de 2 en el Buber. Después a Coni la cambiamos de colegio, al Beth, pero Kari y yo seguimos cultivando la amistad a fuerza de cafecito tras cafecito. Cuando nació Jere los cafecitos con Kari seguían al pie de la letra. Pero sin Jere. ¿Y cómo? Bueno, yo le daba la teta y sabía que tenía por lo menos tres horas para salir. Sola. ¿Y Jere? Jere se quedaba con Rosa. Después fue Marcela. Después Gladys. Es decir, Jere se quedaba con "la chica". O "la empleada". O...Pero Kari un día me dio el ultimátum: "che, lo tenés que sacar a pasear al pobre chico", y así fue: gracias a Kari Jere empezó a salir más, a ir conmigo a tomar café, a ver vidrieras. A no quedarse tooooooooodo el tiempo con "la chica". Esto duró lo que duró, hasta que cuando Jere tenía un año y medio nos vinimos a Australia. Y ahí, de un plumazo nomás, de sopetón, nos vimos todos las caras las 24 horas. No había siquiera la oportunidad de dejar a los chicos para ir a la pelu, para ir a tomar un café, para ir al super: no lo podía dejar a Jere porque simplemente no "teníamos" chica. Empleada, muchacha, señora que limpia, nada de nada. Ay, qué momento. Me vas a tener que perdonar, mami, pero la persona que más extrañé los primeros... meses... ¡fue a Gladys! Qué manera de estar desacostumbrada. Así fue por unos dos años, creo, hasta que gracias a dios contratamos a Susana. Jeje, a no confundirse: Susana está lejos, lejíiiiiiiisimos de ser la chica como estamos acostumbrados en Argentina. Susana viene una sola vez por semana (los viernes) y limpia tres horas. Susana limpia la cocina (hornallas y mesada), los baños, pasa la aspiradora y pasa el plumero. Y punto. ¿El horno? Se cobra aparte. ¿La heladera? Idem. ¿Los vidrios? Hay empresas que lo hacen. Nada de andar pasándole cif al teléfono ni lustrar los marcos de las ventanas ni pulir las manijas de las puertas (eso es impensable). Susana es, por derecho propio, la "cleaning lady". Y punto. Y como viene una sola vez por semana, todos los viernes cuando los chicos vuelven del cole les decimos "Hoy vino Susana". Léase: noselesocurraensuciarporquenostienequedurartodalasemana. La frase la decíamos automáticamente todos los viernes y ahora ya quedó como un ritual familiar y nos reímos.
Un día Jere me empezó a contar algo diciendo: "Me lo dijo Susana". Y yo le pregunto: "¿Cuál Susana?". Y él me mira -con esos ojos color almendra de dulce de leche que tiene- y me dice: "LA LIMPIEROSA!". No les puedo explicar la asociación de ideas que su palabra me disparó. Además de una inmensa ternura por su esfuerzo por decir todo en castellano, aún lo que no sabe, me di cuenta de que la categoría de "chica, mucama, empleada..." ya no estaba. Desapareció de su vocabulario porque desapareció de su vida. El concepto de "tener chica" Jere no lo tiene. Y, sin ahondar en el tema porque se hizo largo el post y no quiero espantar a mis incipientes seguidores, sólo quiero transmitir con esta anécdota mucho más que la sonrisa que despierta: las palabras reflejan la cultura en la que se vive, a su vez que la crean. La "Gladys de acá" tiene su hermoso coche, casa propia, vacaciona en avión dos veces por año y podría seguir enumerando. En fin, creo que a todas las Gladys de allá les gustaría ser las Susanas de acá... (y aunque amo la comodidad, admito que respeto cada vez más la igualdad de oportunidades). Me voy a dormir (mañana me toca limpiar la heladera).

15 octubre 2007

La mejor excusa

Sergio, Constanza, Jeremías y yo dejamos en Argentina todos nuestros amores familiares: por ellos, les decimos, entre otras cosas, pero con gran recurrencia, por ellos, les decimos, tenemos que seguir hablando en español: "¿Si no cómo van a hablar con los abuelos?!!!" Es la típica, ya se. Es un poco manipuladora, también lo sé. Es medio mentira, medio verdad (mi mamá, por ejemplo, cuando estuvo de visita para el nacimiento de Henry -tema para otro post, por eso en rojo- nos sorprendió a todos entendiendo mejor que muchos las películas con subtítulos en inglés. Y mi papá hasta dio consejos de cirugía plástica (su profesión) a la mamá de una amiga de Coni que quedó muy satisfecha). Sin embargo, lo que sí es cierto es que cuando mis hijos hablan con mis padres o con mis suegros, es cuando el castellano se les pone en movimiento con toda la fuerza: no sólo las palabras, sino el tono, el cantito, la fuerza de las palabras "abuelo", "abuela" (no grandpa, grandma, ni siquiera bobe, zeide, sino ABUELO, ABUELA, como vocativos... ay, ¡qué más hermoso que eso!... Así que, más no sea por el calorcito que da en el estómago escucharles hablar en castellano con los abuelos, ya sólo por eso valdría la pena el esfuerzo de taladrarles con eso de que hablen CASTELLANOOOO!!

Acá van unas fotos de la visita de mis viejos a Melbourne en junio de este año. A ver si adivinan en qué idioma se están... riendo!!

Presentando el blog

MI hija Constanza tiene nueve años. Cuando llegamos a Australia tenía cinco y medio. Hablaba muy bien el español, y desde los tres había tomado clases particulares de inglés con su amiga Nati (una vez en casa, una vez en la casa de ella). También a partir de los cuatro años fue a un colegio judío pero bilingue en inglés, en el cual las "teachers" no les hablaban en castellano a los chicos ni que se estuviera incendiando el cole (dios no lo permita, tuf tuf tuf). Así Constanza llegó a Mebourne con el oído entrenado, la esponja lista para absorberlo todo. Y así fue: en un abrir y cerrar de ojos Coni (así le decimos y así lo escribimos, aún aquí en Australia, pero eso será tema de otro post, lo pongo en rojo para no olvidarme) aprehendió el inglés y fue dominarlo con tanta soltura que es envidiable.


Como sabíamos que esto pasaría -es decir, que nuestros hijos aprenderían el inglés con facilidad y lo mantendrían de por vida- toda nuestra artillería estuvo desde un principio puesta en mantener y mantener-les es español. Queda como anécdota familiar que cuando hicimos cambio de avión de Lan Chile a Qantas (en Auckland, Nueva Zelanda), y todo empezó a funcionar en inglés, Sergio (mi marido) propuso un "pacto familiar": en casa SIEMPRE SE HABLARÁ ESPAÑOL. Estábamos en el Aeropuerto de Auckland, pusimos todos las manos en el centro como antes de un partido de básket, y sellamos el pacto, que parecía tan fácil de cumplir que era hasta ridículo (¿A quién se le iba a ocurrir que a alguno de nosotros nos saldría otra cosa que no fuera en castellano?). Jeremías tenía un año y medio. Hablaba solo un puñado de palabras en español pero puso su manito diligente. Pese a nuestro natural descreimiento inicial aquel día en el Aeropuerto, poco tiempo pasó hasta que se empezaron a escuchar las primeras palabras en inglés en casa. Era principalmente al volver del colegio mientras nos intentaban contar lo que había pasado durante el día. Un número en inglés, una palabra (book, playground, period one) Y ahí nomás, cual guardias del paraíso, Sergio y yo les advertíamos, muchas veces a unísono: "castellaaaano". Era un tira y afloje constante. Más bien diría: un tira y tira. Nunca aflojábamos Sergio y yo, y tampoco lo hacemos hoy. Ante la menor invasión del inglés cuando hablan con nosotros les decimos "Castellano" y eso basta para hacerlos volver. Es increíble pero ahora que lo pienso lo tenemos que decir cada vez menos. Lo más difícil tal vez fue lograr que Coni y Jere (así le decimos y así lo escribimos, por ahora... pero eso será tema de otro post) hablaran entre ellos sólo en español. Testimonio de lo difícil que resulta es las muchas familias que emigraron como nosotros y cuyos hijos tal vez les hablan a los padres todavía en español, pero entre ellos lo hacen en inglés. Los nuestros no, pero déjenme decirles que para eso trabajamos duro. Y hasta podría decirse que fuimos y somos, en ese aspecto, terriblemente dictadores: En castellano, y punto. No les perdonamos una, ni cuando se dicen "idiot!!"."Idiota, se dice idiota!!!", les gritamos en perfecto español, olvidándonos de retarlos.

Creo que estamos haciendo un buen trabajo. Coni tiene ahora nueve, como dije, y su español es bellísimo... Jere cinco y medio y habla castellano de lo más lindo... Claro, ambos "cometen anécdotas" y eso es lo más jugoso, lo más lindo y lo que inspiró este blog. Bah - no solo ellos "cometen anécdotas", nosotros también! Y los argentinos o hispanoparlantes que están hace mucho también. Todo eso, todo ese hablar castellano en Melbourne, todo ese aferrarse a la lengua madre que a su vez nos atrapa y nos lanza, que se nos mete cada vez más adentro pero intenta desdibujarse, todo ese vivir en otro idioma es lo que será la carne de la empanada que será este blog. Así que... ¡buen provecho!