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24 agosto 2023

Premio publicación con mi cuento "Hormigas" en concurso "Historias confinadas" de Ediciones USACH

Pandemia de Coronavirus. Covid, encierro, una situación desesperante en que hubo que convivir sin salir de la casa con los seres que uno siempre quiso convivir... ¡utópicamente!  La editorial Usach organizó un llamado a escribir relatos breves. El mío, "Hormigas", quedó seleccionado y fue publicado en una edición muy mona en el año 2020. Aquí lo comparto:



Hormigas

Al principio quería matar a todos. Me enervaba el sonido de la voz de mi esposo trabajando por teléfono. El volumen del computador. La presencia constante de mis hijos, como un aire en la nuca. La pila de ropa sucia. La necesidad de comer al mediodía. La certeza de que nadie liberaría espacio pues no había espacio

permitido para salir.


A las dos semanas se acomodaron las piezas, como cuando juntas las partes rotas de una tetera de porcelana. Mi lugar fue el comedor, al lado del ventanal hacia el jardín, con buen wifi y una luz matinal salvadora. Sergio se adueñó del cuarto matrimonial y lo dotó de artefactos de la vida laboral. Constanza siempre tuvo su rancho aparte, en ese tercer piso al que sólo le falta una entrada lateral para decir que vive sola, así que allí no hubo cambios grandes. Jeremías hizo de su habitación un templo: computador, mate, y clases de PSU por Zoom. Henry se instaló en el cuarto de huéspedes, y se inventó un sistema por el cual cuatro minutos de anticipación le bastaban para levantarse, lavarse los dientes, vestirse y estar listo para "el colegio"


Como hormigas, al alba, cada uno se iba a su centro de trabajo. Sólo nos veíamos para cenar. Las cenas eran muy animadas. Nos contábamos anécdotas y noticias y si alguien nos hubiese escuchado desde afuera, no creerá que en realidad ninguno había salido de la casa desde hace meses. La pregunta de rigor era -eso sí siempre la misma-, "¿Las cifras de hoy?". Y, por lo general, Jeremías las sabía. Cuatro mil quinientos contagiados. Ciento treinta y cuatro muertos. Positividad de un 14%. Nos acostumbramos a esa rutina de las cifras.

Jugábamos a adivinar. El almuerzo lentamente desapareció. No sé cómo cada uno se alimentó de día. La pila de ropa sucia fue encontrando un cierto orden, y de a poco remitió también la cantidad de platos a lavar. El polvo se hizo menos. Se armó una danza armónica de horarios y espacios y volúmenes tolerables. Se redujeron los roces, aprendimos a movernos en una especie de tango

acompasado y sinuoso.


Sin embargo, y misteriosamente, aunque nunca nadie saliera, ni nadie entrara, el lavarropas siguió vomitando calcetines guachos. Aún en cuarentena.♦


Daniela Roitstein







23 agosto 2023

Premio mención por cuento "The trophy," en concurso "My Brother Jack Literary Festival", Australia.

 Yo había llegado hace tres años a Melbourne, seguía escribiendo en español pero se había convocado este concurso literario de cuentos, en inglés obviamente y... why not? En esta primera edición del concurso decidí participar traduciendo un cuento mío que se llamaba El trofeo. Coni, mi hija que en ese entonces tenía 8 años me ayudó a pulirlo! Ella definitivamente tenía más oido para aquello que sonaba "muy traducido" y me ayudó a darle esa cadencia nativa al relato, llamado ahora "The trophy". Recibí con mucha alegría una mención de honor. La ceremonia de entrega de premios fue en la Municipalidad, la misma a la cual que unos años más tarde asistiría para asumir la nacionalidad australiana. Aquí, el cuento premiado:



The trohpy

Her teeth were the most prominent feature of her face as there were only three left: two of them hanging loosely from the only remaining strong roots that dared to defy the passing of her ninety years. And one more down there, deep in her mouth, only visible when she laughed openly. Soundly. Loud. I wouldn’t say they were white, but would be lying if I said they were the teeth of an old woman. Those three ivory surfaces which looked a bit worn-out were her war trophy, her winning ticket. They represented better than any other piece of her little body a glorious and victorious flag of triumph.

I must admit that I didn’t recognize her immediately. From within the curling smoke of cigarettes and the odour of dozens of flowers arranged around the coffin, she was just one more among those who came to say a last goodbye to my father.  

Within thirty minutes of being there I had learnt the ritual very quickly: they come in, hug me, make the effort to shed a tear, to assume a sad expression, to say I’m very sorry or He was a great guy your father. They feel uncomfortable until I release them from their discomfort with either of the two mechanized expressions: “What is meant to be is meant to be”, or “that’s life”. During the four and a half hours I had already spent there, no one had deviated from the sacre script, as if this was a holy rite learned inadvertently within seconds. Not original at all, certainly, but very effective in order to avoid analysing in depth the notion of death. Just to say what you have to say and that’s that.

Everyone was following more or less the standard format of the ritual, so much so that I secretly begun amusing myself by betting which of the two phrases would the next relative, friend or occasional visitor, say to me. And that’s when she came in and caught my attention.

I saw her coming, heavily wrapped despite the high temperatures of January, and without recognising her I bet on I’m very sorry (or its variant, “I feel sorry for you”.) She started to approach me, dragging her feet as if she was walking on a recently-waxed floor. It seemed to me she was laughing. Impossible -I thought- simply impossible: this ancient lady must have caught her jaw, poor thing; she cannot even hide a silly smiling expression in a funeral. One of my father’s aunties, probably.

She was half a step away from me when, instead of coming towards my seat, she continued walking straight to the coffin.  I focussed my eyes on her grey, unkempt hair and on her mouth that was…laughing! Her mouth was indeed laughing, loudly and deafeningly. The expression I had just seen was thus not an ailment; it wasn’t an ongoing ache or pain: the three-toothed old woman was roaring, arching her back with every guffaw, as loud as anybody could have ever heard in a funeral parlour. 

Astonished, those present did not know wether to shake her softly to calm her down or just to leaver her alone – because such outrageous mirth in front of the deceased couldn’t have been anything other than an inappropriate and hysterical unpleasant reaction. No one, including those next to her, dared to do anything but leave her alone.

As for me, I was tempted to follow them, but those three stubborn teeth in her mouth told me there was something else in such laughter.  After all, no one can be so wild as to defy the time-honoured ritual of the last good bye.

I rose from the armchair in which I seemed to have been sitting for ages, accommodated my bones and walked towards her. I evidently took more time than I should have taken because when I brought myself closer to the coffin, the old woman was no longer there.

A vision? Could my fatigue have played a bad trick on me so as to make me see ghosts? I made sure that everything around was in order and in its place just to confirm that I was not becoming crazy. There they brought more wreaths. More people arrived. Some went away. Another wreath was brought, this one from the Australian Dental Association. Oh, my father would have been so particularly proud of this one: “To the honourable President”, it said in golden letters.

Having ensured that everything was running smoothly and as expected, I was about to return to my seat when an envelope on the left side of the polished coffin caught my attention. White, medium in size, regular. I opened it.

With spidery handwriting – the handwriting of an old person- it said:

“Dear Doctor, I told you my teeth would last longer than you”

Then I laughed, suddenly recognising her. I laughed out loud, openly out loud. I defied all the codes, all the rituals, the holy rites, the protocols. I defied those present, those alive, those dead. Like Flora, his very first patient, I laughed, and in that laughter my father was more alive than ever before.♦








Premio Concurso sobre Inmigrantes por el relato "Bésame mucho".

Era el año 2004 y yo estaba recién emigrada de Buenos Aires a Melbourne. Con los sentimientos de inmigrante a flor de piel -me mostrabas algo de color celeste y blanco y lloraba-, apareció este concurso de cuentos sobre el tema "Nosotros los inmigrantes, nosotros los emigrados". En español! Con mi cuento "Bésame mucho" obtuve una mención honrosa en el certamen organizado por Terra Austral editores y editado en el libro "Cuentos y testimonios del mundo". Me gusta este cuento. Espero que lo disfruten. 


Bésame mucho

José tenía una mujer y un hijo. Un club de fútbol cada vez más lejano y una pasión por el asado que no podía dejar de lado. Por más que supiera que aferrarse a la frase “no hay como la carne argentina” era kitsch hasta el hartazgo, no lograba deshacerse de la sensación de agua en la boca al oler carne asándose con lentitud. Sólo que no lo decía. Y tenía incorporadísima la manía de saludar con un beso. No podía evitarlo, aun sabiendo que ello no cuadraba en un país anglosajón. Por eso, tenía bien elaborada la estrategia: Había que tener siempre un papel tissue en el bolsillo, para el disimulo. Había que evitar pisar a la contraparte, porque ahí sí quedaba todo expuesto impúdicamente. Irremediablemente.  Había, sobre todo, que actuar con altura. La celeridad en los movimientos y los reflejos rápidos eran la piedra basal. Ayudaba siempre tener el pelo un poco largo, para cubrir mas no sea un cuarto de perfil al dejar caer la cabeza hacia abajo, con la mayor naturalidad posible, luego del beso fallido. Y nunca, pero nunca, había que disculparse. Eso era el fin.

La última vez que le había pasado lo manejó tan bien que casi lo arruina todo con una sonrisa triunfal prohibida por el manual no escrito del disimulador profesional. A dios gracias, se sobrepuso con un siempre bienvenido “so nice to see you again” que justificaba cualquier gesto alegre que pudiera haber dibujado su rostro en el saludo.

Ningún inmigrante debería poder recibir su visa sin haber tomado antes un curso sobre “cómo sobrevivir a situaciones embarazosas: ¡salude sin besar!”. Eso pensaba José, a menudo.

Como dijimos, él lo tenía estudiado esto del saludo, del ademán. Primero era cuestión de mentalizarse: algo así como atarse las manos en teoría, y por sobre todo la cabeza y el cuello. Pero si pasaba, y eso era moneda corriente por lo menos en los primeros cuatro meses, había que actuar con la suavidad de una gacela y la ligereza de una liebre.  Primero, bajar la cabeza por completo y agachar el tronco, dejando caer el pelo para cubrir el posible rubor (inevitable en los inmigrantes primerizos o recién llegados). Los brazos son los primeros en aparecer por el aire, para disimular el gesto equívoco de la cara. Llevar varios anillos o pulseras vistosas ayuda a desviar la atención. (De ser hombre el inmigrante puede reemplazar las joyas por algún tatuaje exótico). Inclinado el cuerpo y llevada la atención hacia los brazos, el inmigrante tiene dos opciones: una es continuar con la inercia del frustrado beso y agacharse del todo haciendo el ademán de atarse los cordones. Esta triquiñuela tiene la obvia desventaja de que uno lleve, justo ese día, mocasines o tacos. Allí es cuando se debe echar mano a la estrategia número dos, la cual tiene sus riesgos pero cuando triunfa, es la que garantiza el mayor de los éxitos. Veamos: El latino comete el error de querer saludar con beso y cuando quiere acudir a la opción A, nota que lleva zapatos sin cordón. Su rostro está ya irremediablemente apuntando hacia el saludado, inclinado sobre su mejilla derecha, su boca ya está fruncida en posición de beso, ladeada la cabeza unos doce centímetros hacia la izquierda. Está tan cerca que hasta puede oler la piel del saludado, sentir su respiración. Oler su desconcierto.  La suerte está echada. Oler, oler. Allí está la clave, el quid de la cuestión, la madre de todas las naves. Oler… Entonces sólo es cuestión de actuar con elegancia, y decir -acercándose aún más-: “what a beautiful perfume”. El saludado escucha, el inmigrante se aleja suave pero decididamente. Espera. La suerte está echada. La pelota está en la cancha del adversario. Ya más nada puede hacerse salvo tragarse el beso, tragarse el saludo latino efusivo y abracero, tragarse la fama de fogosos que tienen los latinoamericanos y saludar con un apretón de manos más o menos firme. O con una imperceptible inclinación de cabeza.


José lo tenía bien estudiado el asunto, como dijimos. Después de nueve meses de vivir en la ciudad australiana de Melbourne, y habiendo pasado otro tanto en medio de los ortodoxos de Jerusalén, sus reflejos de inmigrante estaban lo suficientemente aceitados como para no caer en trampas de recién llegado. Sin embargo, sus costumbres argentinas tenían una vida interior propia, latente. Vivían ocultas y camufladas en cada uno de sus gestos, en la expresión de su voz al cantarle a su hijo de cuatro las canciones de María Elena Walsh, en la necesidad de ponerle edulcorante al café, en la ilusión de encontrar un bar abierto a las tres de la mañana lleno de jóvenes o de viejos, o de gente. Sus costumbres argentinas lo dejaban al descubierto y sin defensas, principalmente, cuando había que ponerse la camiseta. En el último Mundial de Rugby, para darles un ejemplo, lloró a moco tendido con el Himno Nacional cuando Australia jugó contra Argentina en un desparejo desafío deportivo: se puso de pie frente al televisor, desentendido de los amigos peruanos, chilenos y bolivianos que se habían reunido a comer (una especie de tarteleta individual rellena con carne, lo más parecido que encontraron a las empanadas)r, y con la mano en el pecho cantó Oíd mortales con el sentimiento que le había conocido a Goyeneche en los tangos que nunca valoró. Ese día, por caso, también se dio cuenta de que ya era hora de aprender el himno local. 

José tenía también la costumbre de la torta de Chocolinas. Y justo se acercaba el cumpleaños número seis de su hija Lola. Su mujer ya tenía un esquema perfectamente estudiado para fiestas de este estilo: Sándwiches de miga, salchichitas de copetín, medialunas con jamón y queso, empanadas de carne, y torta de Chocolinas. No tan caro, no tan sofisticado, pero no quedaban ni las miguitas. Recordaban siempre que el año anterior, cuando se disponían a despatarrarse en un sillón y disfrutar como se suele hacer al retirarse el último invitado, lo único que había quedado en pie había sido un resto de sándwich mordido de jamón y morrones y medio vaso de Coca. That’s it.

Pero este año la mano venía más complicada. Los nueve meses que habían pasado desde la llegada no les había alcanzado a los Soner para encontrar los equivalentes en el supermercado australiano, a sus objetos-fetiche del Carrefour de Mansilla y Bulnes en pleno barrio porteño de Palermo: la manteca era siempre o muy salada o muy sosa, la leche muy aguada o demasiado cremosa, la mermelada muy azucarada, la tapa para tarta cuadrada en vez de redonda, los ravioles carísimos, las salchichas extrañas y las medialunas gigantes. Por no mencionar el tamaño exagerado de las sandías y el gusto a medio camino de las batatas. ¿Y cómo puede ser que no exista el queso blanco Mendicrim?  Tienen la góndola poblada de los más variados e inimaginables tipos de manteca y no tienen ni un mísero ejemplar de queso blanco. Y la mayonesa, qué gusto raro. Anyway.

Salieron José y Maria ese día temprano para ir junto al Coles. Maria trabajaba como maestra de español y José en un negocio de grandes proporciones que vendía, en las dos manzanas que ocupaba, solo accesorios para aspiradoras. Dos manzanas completas solo para vender filtros, mangueras, bolsas de repuesto y más filtros. Que extraño, pensaba José. “Para nosotros”, contestaba siempre Maria. Sí, claro, para nosotros, afirmaba José no muy convencido. Y siempre el mismo diálogo, mas o menos sábado de por medio, cuando salían a hacer las compras, a solo una cuadra, pero con el auto.

Ese día flotaba en el aire un viento exótico. Eran las nueve, el pronóstico decía parcialmente nublado y vientos leves a moderados del sur. Llevaron abrigo y sandalias, porque “si no te gusta el clima en Melbourne, esperá cinco minutos”, aprendieron al llegar. Se subieron al auto automático y grande, José a la derecha para manejar, lo cual todavía no dejaba de sorprenderlo (si todavía, cada vez que veía un perro o un niño en el asiento delantero izquierdo, le tomaba unos segundos reponerse de la sorpresa y entender que el volante está en realidad del otro lado, y que los perros no manejan tampoco en Australia...).

-¿Qué te pasa?

-Nada.

-¿Y por qué esa cara, entonces?

-No, nada. Qué se yo. El cumple.

-¿Qué pasa con el cumple, María?

-Nada. La torta.

-¿Qué pasa con la torta?

-Nada. Qué se yo. Las Chocolinas.

-¿Qué pasa con las Chocolinas?

-Nada, nada. Pero el Mendicrim.

-¿Qué pasa con el Mendicrim, María? ¡Y no me digas “nada, nada’ y “qué se yo”, hablá de una vez!

-No, nada. Digo, bueno, qué se yo. Es que no hay, entendés, no hay nada como la gente acá, no hay un mísero paquete de Chocolinas y ni un mísero pote de queso blanco para hacer una simple torta de cumpleaños para una nena de seis, ¿entendés? ¿Cómo puede ser, eh, decíme? ¿Qué tienen en la cabeza estos australianos, eh, decíme?

José calla. María solloza. Desvía una lágrima con la manga de la camisa.

-María.

-Qué.

-¿Te calmaste?

-Sí. Ya está. Pasó.

-Vení, dale. Vamos a la góndola de las galletitas. Las de Arnot no quedarán tan mal, ¿no? Las de chocolate, digo. Y mirá, ahí están los quesos. ¿Qué te parece el Philadelphia? Puede andar, ¿no? 

-Sí, supongo. Ah, mirá. Ahí hay está la góndola de Nestle. Llevo dos latas. Mejor tres. A la gorda le fascina con mucho dulce de leche. ¿Cuánto tiempo dijo tu vieja que había que hervir la leche condensada?

-Hora y media. Con la lata cerrada. Pero déjalas menos, ella siempre exagera.

Pagan. Salen. María quiere manejar, se siente mejor. Compraron todo para la torta y consiguieron unas salchichitas muy ricas y unos panes bien finitos para los sándwiches de miga, que este año serán caseros. Queso de máquina y mayonesa de verdad. Las empanadas las reemplazaron por fruta, que es más sano. Y bueno, algo hay que ceder.

José siente paz. María saca la llave, baja las bolsas del auto y prende el televisor. Lo hace automáticamente desde hace nueve meses, para acostumbrar el oído. Conoce la programación de memoria. Prefiere la tele a la radio por la compañía, por los colores. Y porque le gusta el presentador de las noticias del siete. No entiende todo, pero cada día, le dijeron, aprende una palabra nueva, o dos. Por la edad. Lola será bilingüe en poco tiempo, le dijeron.  “Sí, si ya me corrige la muy pícara. Se sabe todos los nombres de los animales y yo todavía no me puedo aprender el nombre de la remolacha ni diferenciar los distintos tipos de lechuga en la góndola de las verduras”.

Suena el timbre. 

-¿Vas?

-No, dale, abrí vos que estoy guardando todo en la heladera. Y tengo que vaciar el dishwasher. Te digo, todavía no sé si me ahorra tiempo o me complica más, este aparato. Dale, abrí vos please que debe ser Jayson.

Chirría la puerta. Se escucha una emoción. Un silencio efusivo. Un llanto reprimido. Se escucha un abrazo.

-¿José? ¿Quién era?

Calla José. 

--¿José?

Silencio.

Decide ir, María. Camino a la puerta ve una escena increíble. Se refriega los ojos, enfoca nuevamente y, de pronto, sonríe. Ve a José. Ve a Jayson. Ve a José y Jayson abrazados, efusivos, compartiendo una emoción. Un saludo atípico para el lugar.

-What’s going on here?, abre María el diálogo

-No, nada. Jayson vino a saludar. He came to say goodbye. Se va, Jayson. 

-Oh, are you moving? Where? Which suburb?

Jayson sonríe.

-No, María. Se va. Se va del país. Emigra.

-Oh, I see... Traga María una saliva medio amarga. Justo los únicos amigos locales que se habían hecho, están ahora con las valijas hechas.

-¿Y aa dónde se van? Where are you going to live?

-Chile. Santiagou. Unbelievable, isn’t it? You came here, I go there..

Sonríe, María. Traga saliva, José. Se afloja, Jayson

-¡Venga un abrazo, amigo! Give me a hug. You need to start practising

Ríen. Se abrazan. Lo besa, María. Devuelve el beso, Jayson.

The latin way. That’s it.♦





22 agosto 2023

Tercer Premio en concurso de cuentos organizado por AMIA por mi relato "El cruce"

Año 2003, jurados: Silvia Plager, Diego Paszkowski, Ricardo Feierstein, Mario Ber y Marcelo Birmajer. Yo participé con el seudónimo Agnes y me premiaron con el tercer lugar. Se publicó un libro que se llama "Rostros de una identidad". Mi cuento ganador se llama "El cruce". Aquí lo reproduzco, creo que les va a gustar mucho.



El cruce

Se refería al celular. Es más guapo, dijo, en realidad. Y eso fue lo que me sorprendió. La palabra guapo en un chico de cuatro años, porteño de cepa pura, que con suerte habrá salido de la Capital sólo para ir al country.

-El de mi chica es más guapo.

-¿Qué cosa? -dije, corrigiéndome enseguida por: -¿Qué es más guapo?

-El celular. Es más guapo

-Ah –dije como lela. ¿Y por qué? ¿Cómo es el de tu chica?

-No sé, es más lindo.

Mi cabeza de lingüista se estaba haciendo un festín. Mientras analizaba cómo había llegado el término guapo -no sólo anacrónico sino desfasado por clase social, edad del emisor y año escolar en curso- a su boca, le terminaba de abotonar el pantalón verde a mi hija y pensaba cómo sería en realidad el celular de su chica. Pero cuando le quise preguntar, Santiago ya estaba ocupado en otra cosa. Venía la torta, pero antes, y sólo para el que apoyaba bien la cola y se cruzaba de brazos y de lengua (qué imaginación los animadores), estaba la piñata. 

Piñata. Cuñataí, me sonó. Piel Naranja. Rojaijú. Rojaijú decía Reina, y yo me sumergía en vida ajena de tierra roja y me imaginaba que era un cuento más. Reina se reía con los huecos en la boca y un diente dorado mientras se le sacudía la panza gorda de comer tortas fritas. Mi chica me contaba historias de amor sacadas según ella de la vida real y para mí en esos momentos se paraba el mundo. ¿Sabría Reina que mi mente tenía fronteras claras a los seis años, que pasaba de la Capital Federal sólo para ir a San Miguel de sábado a domingo? ¿Qué sus historias eran una declaración de amor a mis cinco sentidos? Lo dudo mucho. ¡Pero lo hacía tan bien!

Después del ruido seco de la cara de Superman reventando en el aire y vomitando caramelos, silbatos y pulseras de plástico, el espectáculo siempre triste de niños avalanzándose sobre las baldosas y empujándose por conseguir más, me dediqué a observar el ambiente. Había tres mesas redondas con manteles rosas. Alrededor de una de ellas se habían juntado las mamás de Shirly, Yamila, Jazmín y Jésica. La de Florencia se había levantado para hablar por teléfono. (No en búsqueda de un público ni para pedir prestado el del salón, está claro supongo. Se levantó en busca de señal. El movicom parecía no captar bien bajo el pelotero). También estaba la mamá de Alan, con la mirada clavada en los zapatos de doscientos cincuenta pesos de la de Federico. Todas hablaban moviendo las manos recién hechas en perfecta armonía de turnos. No pude evitar pensar en una imagen que había visto cierta vez en la tele, de un cruce de avenida en la República de China: dos bandos esperando atravesar la acera cuando cambiara el semáforo, parecía imposible que no se chocaran unos con otros. Sin embargo, a la luz verde, el cruce se logró con éxito (obviamente: lo hacen todos los días cientos de veces) sin siquiera rozarse. La imagen de los chinos encontrando sinuosos su rinconcito de asfalto sin tropezarse mientras avanzaban hacia la vereda de enfrente me venía ahora a la mente con insistencia. Mariela hablando de la casa en Venado I y enseguida Marina metiendo su bocadillo sobre las casas del Club de Campo y entraba Sandra comentando sobre el nuevo jardín de infantes que allí funciona y Marcela tomando la posta preguntando por la cuota de ese shule y Judith respondiendo a la pregunta anterior de Daniela sobre el divorcio de la morá de cuarto y todas en armonía. Eso sí que era destreza. Un ballet de la palabra.

En la otra mesa estaba la familia del nene del cumple. La abuela acariciando los sesenta con pinta de siete menos, gracias a la buena ropa, el pelo de peluquería y tal vez algún amante. La otra abuela con tal vez cincuentipico pero apariencia de vieja. Siempre pasa así, pensé: una de las abuelas es espléndida y la otra fea, o gorda, o desaliñada. Cuál me tocará ser a mí, me pregunté. Y por qué no podrá haber lugar para dos consuegras igualmente guapas.

Volví a Santiago. Con padres de nombre Yael y David no era difícil darse cuenta de porqué habían escogido ese nombre para su hijo: una revancha. La vida da doble oportunidad gracias a dios. Llamarse Santiago era como gritarle al mundo que uno puede ir a un shule, tener una morá, ir a Hebraica, comer knishes, hacer el kidush pero igual ser un poquito goi. 

Repasé los nombres de los otros compañeros de mi hija. Estaban todos los santos: Pablo, Juan, Tomás, Lucas, Mateo. (Con Pedro nadie se había animado hasta ahora). Había también tres Matías y un Jerónimo. Con las nenas la cosa estaba clara: les habíamos usurpado los nombres a las bianudas de la clase alta sin vergüenza: Delfina, Martina, Sofía, Guillermina, Ana, Clara y Agustina. Ya deben estar ellas virando hacia otros nombres para reencontrar su exclusividad, sólo relegada hasta ahora a María, Belén y Cristina. Con eso nadie se atrevió hasta ahora, sigue siendo terreno virgen.

En medio de mi repaso vuelvo a pensar en Santiago. La tez color beige subido. Los ojos achinados (y vuelvo al cruce, a las conversaciones victoriosas). Alto, Santiago. Y flaco. Los modales entre finos y campestres. ¡Y ese pelo! Lacio, pesado y con unos reflejitos envidiables. Bastante morocho en el fondo y con un manto dorado en la capa superior. Bien pero bien pesado. Como el de las shikses, pensé, recordando a mi vieja con uno de sus axiomas favoritos: todas tiene el pelo sano porque no se hacen nada y se lo lavan con jabón en pan. Y yo la escuchaba con envidia llorando mis rulos polaco-rumanos, finos y erizados que me hacían cabeza de leona. Un espanto.

Pero Santiago. Y ese nombre. No era que no lo tuviésemos incorporado al repertorio, como ya dije. Sólo que en esa familia no cuajaba. ¿Cómo será llamarse así con dos hermanos Ilán y Mijal? Nunca me lo había puesto a pensar, pero se ve que ese cumpleaños estaba siendo propicio para una reflexión un poco más detallada, un tanto más a fondo que lo habitual (es increíble lo que se puede lograr estando solo, evitando las charlas cíclicas de las reuniones de siempre con los amigos de siempre en los lugares de siempre con los temas de toda la vida: los chicos, el country, la shikse. Hay algo más en mi mente aparte de eso. Qué bueno descubrirlo). 

Mientras pensaba en el árbol genealógico del compañero de mi hija en el jardín de nombre bíblico y costumbres paganas, distingo de casualidad una cuarta mesa. Hasta el momento no había reparado en ella. También con mantel rosa, también servida con jarras de Coca Cola (cinta roja para la de Coca Light) y también “habitada”: un pequeño ejército de empleadas domésticas se había sentado alrededor esperando a sus pequeños precoces patroncitos. A varias las conocía bien de tanto ir a sus casas a buscar a Sol. A Blanca, por ejemplo, la de Matías. Le ponían un delantal rosa para que combinara con su nombre. Era un  amor. Siempre me recibía  con sonrisa, hasta por teléfono, podía jurarlo. Rojaijú, Blanca.

Al lado estaba Rosa, la de Shirly. Adusta y tímida. Sin uniforme. Expectante. A la de Guido se le notaba el cansancio en las manos y en las arrugas de la frente. No debía ser fácil limpiar semejante mansión y satisfacer los caprichos de un don nadie venido a más. (Daniel era odioso,  textil, piojo resucitado, nuevo rico y nuevo religioso devoto. No hubiese querido estar en el lugar de Gladys ni medio día. Mucho menos con cama adentro).  Y había una más, a ésa no la conocía. 

Habían tomado la automática decisión de dejar una mesa libre entre ellas y las otras, las mamás como decíamos nosotras de nosotras mismas, o las señoras como nos decían ellas. O las.... vaya una a saber cómo se referían a nosotras en la intimidad de sus charlas. A pesar de que la mesa de ellas estaba también servida con canapés, sandwichitos sin jamón y empanaditas de queso, y a pesar de que también tenían sus sendas jarras de gaseosa,  no habían alterado siquiera el orden de los vasos puestos en forma de racimo de uva. Las servilletas seguían aún haciendo conejito ahí dentro. Los knishes ya no humeaban pero ninguna los había tocado. Qué exceso de pudor, pensé. ¿O es que seremos tan brujas e intimidantes? Pensé en Reina otra vez. En Esther, en Tita y en Elsa. Mis chicas. ¿Cuándo me las había apropiado y cuándo dejaron de pertenecerme para pasar a ser “la shikse”? ¿Cuándo se quiebra esa inocencia del lenguaje y nace la intencionalidad? No, el lenguaje no es nunca inocente, me corregí. Yo decía mi chica y mi corazón se reconfortaba por la protección que implicaba el “mi”, y la cercanía que implicaba “chica”.  Yo decía mi chica y no tenía que explicarle a nadie que me refería a la señora que trabajaba en mi casa y que dormía en mi casa y que no era ni vieja ni nena y comía con nosotros pero no era mi hermana. “Mi chica” abarcaba todo eso. Era un símbolo. Como cuando mi mamá decía shikse, todos sabían a qué se refería. Y ella decía que hasta las mismas shikses ya lo sabían y que por eso ya no se podía usar más esa palabra para hablar de ellas delante ellas porque ellas ya lo sabían. Era como decir tujes. Hasta los goim lo sabían.

-Llamálo, dale. Decíle si puedo ir a lo de Lucas. Porfi.

La voz inconfundible de Santiago interrumpió mi viaje. Estaba parado en la cuarta mesa y hablaba con esa chica, la única a la que yo no conocía. Las demás siguieron su conversación bajita sin excesos y Santi insistió:

-Dale, llamalo, quiero ir a lo de Lucas.

La chica negaba suavemente con un movimiento de cabeza. Mientras lo hacía, el pelo negro pesado y brillante se mecía a un lado y al otro, como caderas de mulata apetecible. Jabón Espuma, pensé. La veía solamente de espaldas. Santiago le hablaba con firmeza pero con dulzura. Inclinaba la cabeza como sólo lo saben hacer los chicos y los que piden en la calle, con mirada suplicante y un dejo de mandato imposible de esquivar. Parece que la convenció, porque la chica metió la mano en una cartera y sacó algo. Primero me llamó la atención su mano: recién hecha también. French y cuadradas, a la moda. Después la cartera: era de una buena casa del shopping. Cuánto ganará pensé. O tal vez se gastó todo el sueldo en esa cartera, como lo hacen muchas. Santiago le seguía pidiendo que llamara, con una impaciencia tan típica, como si no hubiese detectado que ella ya había accedido. Entonces decidí acercarme para ver qué pasaba. Lo hice con esa superioridad con que lo hacen las mamás de los amiguitos de sus hijos al verlos a los primeros en problemas. Como diciendo: “Dejá que yo me encargo, yo soy amiga de la mamá, tengo más autoridad que vos, más vínculo, dejá, andá, a ver, ¿qué pasa Santi?”. 

-No, es que quiero ir a la casa de Lucas.

-Bueno, esperá que llamo a tu mamá y le pregunto, quedate tranquilo – dije mientras intentaba sacar el celular de mi cartera y recordar el número de Cecilia.

Se ve que ambas cosas a la vez me hicieron demorar una fracción más de lo debido, porque ella me ganó de mano. ¡Claro, el celular de su chica, ¿cómo me había olvidado?! El de mi chica es más guapo, recordé. 

En efecto, era un Nextel última generación. Con vibra-call, pantalla color, reconocimiento de voz y ultra liviano.  Mi Nokia 5120 era el hijo bobo al lado de ese prodigio.

Lo habré estado mirando demasiado, porque cuando levanté la mirada ella giró hacia mí  y me dijo:

-Me lo dan por la inseguridad, viste? Por las dudas.

Santiago me miró con lo que a mí me pareció un guiño cómplice.  Se acercó a ella para marcar el número. Ella lo abrazó por la cintura y le hizo un mimo. Yo retrocedí para analizar mejor la escena:

“Viste”, me dijo, tuteándome. Con mucha seguridad. Como a mi altura. Sí, el de su chica era más guapo, sin dudas. Pablo, el padre de Santi, trabajaba en Nextel, no era raro que su personal tuviera aparatos geniales. Obviamente él y su mujer, primero. Pero, ¿la empleada también?

Y bueno, pensé, en la era de los secuestros, qué sé yo... estar comunicados es importante...

Me estaba yendo a buscar el saco de mi hija para irnos cuando ella giró la cabeza y Santi también, atraídos por el ruido de un parlante que se cayó con estruendo.

Cabeza a cabeza quedaron, los rostros pegados ya que los dos giraron hacia dentro, y él estaba sentado sobre su falda. Teniéndolos enfrente como en un cuadro, la vi y me sorprendí de mis pensamientos. Miré a esa mujer del celular más guapo. Y vi esas uñas. Y ese pelo. Negro, brillante, pesado. ¿Pero no tenía también una capa de finos reflejos arriba? Y esa tez. Beige subido. ¿Y no eran sus ojos achinados? Y esa cartera. Y ese mimo. Tan maternal.

Santi se puso de pie, salió corriendo en busca de torta de Chocolinas y ella me miró sabihonda. La misma cara. Pablo, pensé. Será posible. Rojaijú, me sonó. La carne es débil.

Cerré mi boca que había dejado abierta a lo tonta, por la sorpresa, y bajé la mirada. “Se va a lo de Lucas”, me dijo, como si fuera una de nosotras. Faltaba que preguntara cuánta plata íbamos a poner para el regalo de fin de año y quién estaba juntando.

-Ah -dije, como lela. Pensaba en Cecilia.

La chica se levantó. Meneó el pelo, amagó a irse pero volvió. Se sirvió un vaso de Coca, tomó un poquito y mordió medio canapé. Caminó hasta la segunda mesa, se inclinó sobre una mamá, ladeó la cabeza y dijo:

-¿Cuánto están poniendo para el regalo de fin de año?♦

Colección imaginaria Editorial Milá, Buenos Aires, 2004.

Antología del Concurso Internacional de Cuentos de Temática Judía


27 mayo 2023

¡Hola México! Volver a empezar

Voy a comprar perchas blancas, simples. 

-Hola señor, ¿qué tal? ¿Me podría indicar dónde están las perchas?

El empleado de Walmart me mira muy serio. 

-Para colgar la ropa. 

-¡Ah! Pinzas -me dice-. Y me acompaña al pasillo de las supuestas perchas. 

-No no -le digo- esos son broches. Yo necesito perchas. ¡Colgadores! -exclamo triunfante, porque me acuerdo que así les decíamos en Chile-. Sonrío feliz. Pero el empleado de Walmart me mira igual de serio. No son perchas. No son pinzas. Porque sus pinzas son mis broches. Y los colgadores de Chile no sé lo que serán en México pero claramente no tienen nada que ver con algo doméstico. Lo vuelvo a mirar. Respiro. 

-Lo que se usa para colgar la ropa en el closet -y no sé por qué dibujo una camisa en el aire.

-Ganchos -me dice. 

-Bueno. Ganchos. 

-Venga por acá. 

Y voy (porque el mexicano es muy servicial. No me va a decir “pasillo 7” y dejarme a la deriva no, no, me va a acompañar y así lo hace). Suspiro muy aliviada. Ahí están las perchas. Compro ochenta. 

¿Qué más compro los primeros días de venir a vivir a México? (¿Qué comprarías vos?).

Una tostadora. Y una pava eléctrica. Por algún motivo eso me hace sentir en casa, me arraiga, veo esos artefactos y respiro un café caliente a las ocho de la mañana, un pan con queso universal. 

Y qué más. 

Un tender. Jabón para lavar la ropa. Una esponja y un detergente. 

Y café. Me demoraría horas frente a la góndola del supermercado para decidir la marca si no fuera porque siempre termino comprando el mismo café que me regalaron de bienvenida en el departamento al llegar. Y la misma leche. Por eso en Australia me casé para siempre con la leche Rev y aquí parece que le debo lealtad a Lala. 

Hay algo muy hermoso en llegar a un departamento temporario en el que la gente que te recibe te llena la heladera. Claro, eso es una ínfima forma de decir. Frutas, chocolates, aceite, cereales, y más y más y más. Y una cartita de bienvenida. Y el café, y la leche. Y son las primeras marcas que ves en tu departamento nuevo, y te entran por la retina y como fueran elegidas en un momento de amor y vulnerabilidad, te las quedás para siempre. 

Y qué más. 

Querés elegir bien los vasos así que por ahora compramos descartables. Y cuatro tenedores, cuatro cuchillos, cuatro cucharas, porque el resto viene en el barco y falta poco como para que justifique adquirir toda una cuchillería nueva, pero falta mucho como para andar sin nada. Y en el barco vienen también los libros, las fotos. Eso lo dejamos a un costado de la mente. Que no ocupe lugar. 

Y qué más. 

Lo banal: la peluquería. Las manos. Parece que uno no termina de arraigarse hasta que no se corra el pelo, o se hace unos reflejos -ojo: se dice “luces”- por primera vez. Esa es una meta a alcanzar, en donde ya te emepzás a manejar como un local.

Y qué más. 

El primer Shabat. Nosotros tuvimos ayer nuestro primer Shabat en el departamento nuevo. El vaso de kidush es de plástico, la jalá es una baguette, el salero es el comercial, las velas nos reconfortan. Nos reímos porque estamos sentados en la mesada de la cocina. 

Y qué más. 

Las costumbres locales. Aprenderlas. ¿Propina sí o no? ¿Diez, quince, veinte, cuánto, a quién? La comida se sirve en la bufetera, el agua de la canilla no se debe tomar, la edad no se pregunta, el Uber funciona igual. 

Y qué más. 

Los amigos. No saber quiénes serán. No poder detectar si esa persona que estás conociendo hoy va a ser tu amigo íntimo de dentro de unos años. Si esa chica que hoy es distante va a terminar siendo tu Gisela, tu Viví, tu Moni, tu Kary, tu Marce, tu Sil, tu Ruthi, tu Patri, tu Ofra, tu Chantall. 

Y qué más. 

Esperar. Gozar. Maravillarte con el juguete nuevo que estás abriendo. Permitirte dormir con un colchón en el suelo, perderte en la ciudad, confundirte el billete de cien con el de diez, comprar un queso que resultó ser horrendo, aprender dónde se tira la basura y si es que hay que reciclar; colgarte del Wi fi del shopping hasta tener señal y preguntar, preguntar, preguntar, mucho y a todo el mundo. 

Y volver a esperar. 

Migrar es esa mirilla pequeña por la que mirás el mundo por primera vez. Primero ves todo como una línea finita, angosta y limitante. Pero si esperás lo suficiente ves el mundo vasto, vasto y fascinante, a tus pies. Y está padrísimo.






















27 enero 2022

El retorno triunfal


(Este texto lo escribí cuando viajé a Marcha por la Vida y visité Auschwitz. Y lo recorrí.  Calentita. Comiendo chicle… Lo reproduzco aquí como homenaje a todos los asesinados en la Shoá. Con amor especial a la familia de mi abuelo Raúl (Israel) Ostrower. 

Ella estuvo dos veces en Auschwitz.

Una durante la segunda guerra mundial, en carne y hueso. Otra, en papel color sepia.

La primera vez la llevaron a la fuerza, seguramente engañada, obviamente humillada, certeramente torturada, aniquilada.

La segunda vez la llevé yo, por mi propia voluntad, seguramente más serena, obviamente más triunfante, aunque inequívocamente inerte, en un papel semi-mate de trece por dieciocho.

Ella estuvo dos veces en Auschwitz.

Una por consecuencia del salvajismo atroz de los asesinos nazis que la llevaron a la muerte. Y otra, por virtud de las nuevas generaciones judías que venimos Marchando por la Vida.

Ella estuvo dos veces en Auschwitz.

La primera, por consecuencia de la indiferencia mundial que miraba con ojos abiertos –y sin parpadear- la masacre única de la Historia que permitió exterminar a seis millones de judíos absolutamente inocentes.

La segunda, porque en mi bolso de viaje a Polonia 2001 decidí llevar lo imprescindible, y la llevé a ella. Para que retorne triunfal.

La puse en un sobre abrigado, la llené de perfume a rosas, la envolví en papel de seda. 

Y así la paseé por Auschwitz. La llevé bajo mi brazo, bajo mi campera azul calentita con magen david,  marchó conmigo enarbolando la bandera de Israel -¡en Auschwitz!- y miró de cerca las torres de control y las barracas por fin vacías, pero esta vez bien abrigada, protegida y libre. Segura.

Laiche Ostrower era una judía piadosa, inteligente, audaz, sabia y de buen corazón. Los nazis la mataron en un campo de concentración cuando era joven. Seguramente sufrió heladas, lastimaduras, dolores inmensos, enfermedades, golpes. Seguramente caminó descalza sobre el hielo por horas, no comió por días, “trabajó” hasta estar exhausta, pasó humillantes controles, se vio a sí misma –mujer hermosa- convertida en cadáver en vida. Seguramente sobrevivió hasta que pudo. Hasta que murió. Qué salvajes.

Laiche Ostrower era hermana de mi abuelo materno y cincuenta años después volvió al lugar en donde fue asesinada. Volvió de mi mano, a través del único retrato que tengo de ella, para comprobar que el Holocausto terminó. Que ella murió pero no su pueblo. Que su hermano, mi abuelo “Raúl” (Israel), único sobreviviente de su numerosa familia, no sólo se salvó sino que se casó con otra judía piadosa, y tuvieron hijos judíos y felices, que a su vez tuvieron hijos judíos y felices, que a su vez están teniendo más hijos. Todos judíos, felices, y libres. Y que por esa libertad hoy se suben a un avión, pisan suelo polaco, pisan Auschwitz de a miles, llevan banderas de Israel, y van vestidos, abrigados, bien comidos, perfumados, hermosos.

Y hablan de cosas mundanas de gente común.  (Porque en Auschwitz, señores lectores, mientras lo recorremos y caminamos, mientras nos preparamos para marchar todos juntos, se habla de todo, y se comen galletitas, y se toman gaseosas. Hablamos del tiempo, de alguna anécdota, nos contamos chistes, los adolescentes se miran, las conversaciones versan sobre televisión, deportes, familia, trabajo, estudio y hasta de qué me voy a poner  hoy a la noche. Nos convidamos pastillas, intercambiamos teléfonos y nos sentamos en el pasto. Les digo: estos actos mundanos en pleno suelo de Auschwitz son, sin duda alguna, el triunfo nuestro sobre la bestia nazi.

Porque volvimos a ser Personas, sin temor y con dignidad. Y porque hoy pisamos los campos de exterminio con el estómago lleno, los pies abrigados, las mentes lúcidas, la juventud a flor de piel, la sonrisa en la cara. Y la foto color sepia de una víctima paseándose calentita y perfumada en manos de la descendencia que no consiguieron truncarle.