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23 agosto 2023

Premio Concurso sobre Inmigrantes por el relato "Bésame mucho".

Era el año 2004 y yo estaba recién emigrada de Buenos Aires a Melbourne. Con los sentimientos de inmigrante a flor de piel -me mostrabas algo de color celeste y blanco y lloraba-, apareció este concurso de cuentos sobre el tema "Nosotros los inmigrantes, nosotros los emigrados". En español! Con mi cuento "Bésame mucho" obtuve una mención honrosa en el certamen organizado por Terra Austral editores y editado en el libro "Cuentos y testimonios del mundo". Me gusta este cuento. Espero que lo disfruten. 


Bésame mucho

José tenía una mujer y un hijo. Un club de fútbol cada vez más lejano y una pasión por el asado que no podía dejar de lado. Por más que supiera que aferrarse a la frase “no hay como la carne argentina” era kitsch hasta el hartazgo, no lograba deshacerse de la sensación de agua en la boca al oler carne asándose con lentitud. Sólo que no lo decía. Y tenía incorporadísima la manía de saludar con un beso. No podía evitarlo, aun sabiendo que ello no cuadraba en un país anglosajón. Por eso, tenía bien elaborada la estrategia: Había que tener siempre un papel tissue en el bolsillo, para el disimulo. Había que evitar pisar a la contraparte, porque ahí sí quedaba todo expuesto impúdicamente. Irremediablemente.  Había, sobre todo, que actuar con altura. La celeridad en los movimientos y los reflejos rápidos eran la piedra basal. Ayudaba siempre tener el pelo un poco largo, para cubrir mas no sea un cuarto de perfil al dejar caer la cabeza hacia abajo, con la mayor naturalidad posible, luego del beso fallido. Y nunca, pero nunca, había que disculparse. Eso era el fin.

La última vez que le había pasado lo manejó tan bien que casi lo arruina todo con una sonrisa triunfal prohibida por el manual no escrito del disimulador profesional. A dios gracias, se sobrepuso con un siempre bienvenido “so nice to see you again” que justificaba cualquier gesto alegre que pudiera haber dibujado su rostro en el saludo.

Ningún inmigrante debería poder recibir su visa sin haber tomado antes un curso sobre “cómo sobrevivir a situaciones embarazosas: ¡salude sin besar!”. Eso pensaba José, a menudo.

Como dijimos, él lo tenía estudiado esto del saludo, del ademán. Primero era cuestión de mentalizarse: algo así como atarse las manos en teoría, y por sobre todo la cabeza y el cuello. Pero si pasaba, y eso era moneda corriente por lo menos en los primeros cuatro meses, había que actuar con la suavidad de una gacela y la ligereza de una liebre.  Primero, bajar la cabeza por completo y agachar el tronco, dejando caer el pelo para cubrir el posible rubor (inevitable en los inmigrantes primerizos o recién llegados). Los brazos son los primeros en aparecer por el aire, para disimular el gesto equívoco de la cara. Llevar varios anillos o pulseras vistosas ayuda a desviar la atención. (De ser hombre el inmigrante puede reemplazar las joyas por algún tatuaje exótico). Inclinado el cuerpo y llevada la atención hacia los brazos, el inmigrante tiene dos opciones: una es continuar con la inercia del frustrado beso y agacharse del todo haciendo el ademán de atarse los cordones. Esta triquiñuela tiene la obvia desventaja de que uno lleve, justo ese día, mocasines o tacos. Allí es cuando se debe echar mano a la estrategia número dos, la cual tiene sus riesgos pero cuando triunfa, es la que garantiza el mayor de los éxitos. Veamos: El latino comete el error de querer saludar con beso y cuando quiere acudir a la opción A, nota que lleva zapatos sin cordón. Su rostro está ya irremediablemente apuntando hacia el saludado, inclinado sobre su mejilla derecha, su boca ya está fruncida en posición de beso, ladeada la cabeza unos doce centímetros hacia la izquierda. Está tan cerca que hasta puede oler la piel del saludado, sentir su respiración. Oler su desconcierto.  La suerte está echada. Oler, oler. Allí está la clave, el quid de la cuestión, la madre de todas las naves. Oler… Entonces sólo es cuestión de actuar con elegancia, y decir -acercándose aún más-: “what a beautiful perfume”. El saludado escucha, el inmigrante se aleja suave pero decididamente. Espera. La suerte está echada. La pelota está en la cancha del adversario. Ya más nada puede hacerse salvo tragarse el beso, tragarse el saludo latino efusivo y abracero, tragarse la fama de fogosos que tienen los latinoamericanos y saludar con un apretón de manos más o menos firme. O con una imperceptible inclinación de cabeza.


José lo tenía bien estudiado el asunto, como dijimos. Después de nueve meses de vivir en la ciudad australiana de Melbourne, y habiendo pasado otro tanto en medio de los ortodoxos de Jerusalén, sus reflejos de inmigrante estaban lo suficientemente aceitados como para no caer en trampas de recién llegado. Sin embargo, sus costumbres argentinas tenían una vida interior propia, latente. Vivían ocultas y camufladas en cada uno de sus gestos, en la expresión de su voz al cantarle a su hijo de cuatro las canciones de María Elena Walsh, en la necesidad de ponerle edulcorante al café, en la ilusión de encontrar un bar abierto a las tres de la mañana lleno de jóvenes o de viejos, o de gente. Sus costumbres argentinas lo dejaban al descubierto y sin defensas, principalmente, cuando había que ponerse la camiseta. En el último Mundial de Rugby, para darles un ejemplo, lloró a moco tendido con el Himno Nacional cuando Australia jugó contra Argentina en un desparejo desafío deportivo: se puso de pie frente al televisor, desentendido de los amigos peruanos, chilenos y bolivianos que se habían reunido a comer (una especie de tarteleta individual rellena con carne, lo más parecido que encontraron a las empanadas)r, y con la mano en el pecho cantó Oíd mortales con el sentimiento que le había conocido a Goyeneche en los tangos que nunca valoró. Ese día, por caso, también se dio cuenta de que ya era hora de aprender el himno local. 

José tenía también la costumbre de la torta de Chocolinas. Y justo se acercaba el cumpleaños número seis de su hija Lola. Su mujer ya tenía un esquema perfectamente estudiado para fiestas de este estilo: Sándwiches de miga, salchichitas de copetín, medialunas con jamón y queso, empanadas de carne, y torta de Chocolinas. No tan caro, no tan sofisticado, pero no quedaban ni las miguitas. Recordaban siempre que el año anterior, cuando se disponían a despatarrarse en un sillón y disfrutar como se suele hacer al retirarse el último invitado, lo único que había quedado en pie había sido un resto de sándwich mordido de jamón y morrones y medio vaso de Coca. That’s it.

Pero este año la mano venía más complicada. Los nueve meses que habían pasado desde la llegada no les había alcanzado a los Soner para encontrar los equivalentes en el supermercado australiano, a sus objetos-fetiche del Carrefour de Mansilla y Bulnes en pleno barrio porteño de Palermo: la manteca era siempre o muy salada o muy sosa, la leche muy aguada o demasiado cremosa, la mermelada muy azucarada, la tapa para tarta cuadrada en vez de redonda, los ravioles carísimos, las salchichas extrañas y las medialunas gigantes. Por no mencionar el tamaño exagerado de las sandías y el gusto a medio camino de las batatas. ¿Y cómo puede ser que no exista el queso blanco Mendicrim?  Tienen la góndola poblada de los más variados e inimaginables tipos de manteca y no tienen ni un mísero ejemplar de queso blanco. Y la mayonesa, qué gusto raro. Anyway.

Salieron José y Maria ese día temprano para ir junto al Coles. Maria trabajaba como maestra de español y José en un negocio de grandes proporciones que vendía, en las dos manzanas que ocupaba, solo accesorios para aspiradoras. Dos manzanas completas solo para vender filtros, mangueras, bolsas de repuesto y más filtros. Que extraño, pensaba José. “Para nosotros”, contestaba siempre Maria. Sí, claro, para nosotros, afirmaba José no muy convencido. Y siempre el mismo diálogo, mas o menos sábado de por medio, cuando salían a hacer las compras, a solo una cuadra, pero con el auto.

Ese día flotaba en el aire un viento exótico. Eran las nueve, el pronóstico decía parcialmente nublado y vientos leves a moderados del sur. Llevaron abrigo y sandalias, porque “si no te gusta el clima en Melbourne, esperá cinco minutos”, aprendieron al llegar. Se subieron al auto automático y grande, José a la derecha para manejar, lo cual todavía no dejaba de sorprenderlo (si todavía, cada vez que veía un perro o un niño en el asiento delantero izquierdo, le tomaba unos segundos reponerse de la sorpresa y entender que el volante está en realidad del otro lado, y que los perros no manejan tampoco en Australia...).

-¿Qué te pasa?

-Nada.

-¿Y por qué esa cara, entonces?

-No, nada. Qué se yo. El cumple.

-¿Qué pasa con el cumple, María?

-Nada. La torta.

-¿Qué pasa con la torta?

-Nada. Qué se yo. Las Chocolinas.

-¿Qué pasa con las Chocolinas?

-Nada, nada. Pero el Mendicrim.

-¿Qué pasa con el Mendicrim, María? ¡Y no me digas “nada, nada’ y “qué se yo”, hablá de una vez!

-No, nada. Digo, bueno, qué se yo. Es que no hay, entendés, no hay nada como la gente acá, no hay un mísero paquete de Chocolinas y ni un mísero pote de queso blanco para hacer una simple torta de cumpleaños para una nena de seis, ¿entendés? ¿Cómo puede ser, eh, decíme? ¿Qué tienen en la cabeza estos australianos, eh, decíme?

José calla. María solloza. Desvía una lágrima con la manga de la camisa.

-María.

-Qué.

-¿Te calmaste?

-Sí. Ya está. Pasó.

-Vení, dale. Vamos a la góndola de las galletitas. Las de Arnot no quedarán tan mal, ¿no? Las de chocolate, digo. Y mirá, ahí están los quesos. ¿Qué te parece el Philadelphia? Puede andar, ¿no? 

-Sí, supongo. Ah, mirá. Ahí hay está la góndola de Nestle. Llevo dos latas. Mejor tres. A la gorda le fascina con mucho dulce de leche. ¿Cuánto tiempo dijo tu vieja que había que hervir la leche condensada?

-Hora y media. Con la lata cerrada. Pero déjalas menos, ella siempre exagera.

Pagan. Salen. María quiere manejar, se siente mejor. Compraron todo para la torta y consiguieron unas salchichitas muy ricas y unos panes bien finitos para los sándwiches de miga, que este año serán caseros. Queso de máquina y mayonesa de verdad. Las empanadas las reemplazaron por fruta, que es más sano. Y bueno, algo hay que ceder.

José siente paz. María saca la llave, baja las bolsas del auto y prende el televisor. Lo hace automáticamente desde hace nueve meses, para acostumbrar el oído. Conoce la programación de memoria. Prefiere la tele a la radio por la compañía, por los colores. Y porque le gusta el presentador de las noticias del siete. No entiende todo, pero cada día, le dijeron, aprende una palabra nueva, o dos. Por la edad. Lola será bilingüe en poco tiempo, le dijeron.  “Sí, si ya me corrige la muy pícara. Se sabe todos los nombres de los animales y yo todavía no me puedo aprender el nombre de la remolacha ni diferenciar los distintos tipos de lechuga en la góndola de las verduras”.

Suena el timbre. 

-¿Vas?

-No, dale, abrí vos que estoy guardando todo en la heladera. Y tengo que vaciar el dishwasher. Te digo, todavía no sé si me ahorra tiempo o me complica más, este aparato. Dale, abrí vos please que debe ser Jayson.

Chirría la puerta. Se escucha una emoción. Un silencio efusivo. Un llanto reprimido. Se escucha un abrazo.

-¿José? ¿Quién era?

Calla José. 

--¿José?

Silencio.

Decide ir, María. Camino a la puerta ve una escena increíble. Se refriega los ojos, enfoca nuevamente y, de pronto, sonríe. Ve a José. Ve a Jayson. Ve a José y Jayson abrazados, efusivos, compartiendo una emoción. Un saludo atípico para el lugar.

-What’s going on here?, abre María el diálogo

-No, nada. Jayson vino a saludar. He came to say goodbye. Se va, Jayson. 

-Oh, are you moving? Where? Which suburb?

Jayson sonríe.

-No, María. Se va. Se va del país. Emigra.

-Oh, I see... Traga María una saliva medio amarga. Justo los únicos amigos locales que se habían hecho, están ahora con las valijas hechas.

-¿Y aa dónde se van? Where are you going to live?

-Chile. Santiagou. Unbelievable, isn’t it? You came here, I go there..

Sonríe, María. Traga saliva, José. Se afloja, Jayson

-¡Venga un abrazo, amigo! Give me a hug. You need to start practising

Ríen. Se abrazan. Lo besa, María. Devuelve el beso, Jayson.

The latin way. That’s it.♦





22 agosto 2023

Tercer Premio en concurso de cuentos organizado por AMIA por mi relato "El cruce"

Año 2003, jurados: Silvia Plager, Diego Paszkowski, Ricardo Feierstein, Mario Ber y Marcelo Birmajer. Yo participé con el seudónimo Agnes y me premiaron con el tercer lugar. Se publicó un libro que se llama "Rostros de una identidad". Mi cuento ganador se llama "El cruce". Aquí lo reproduzco, creo que les va a gustar mucho.



El cruce

Se refería al celular. Es más guapo, dijo, en realidad. Y eso fue lo que me sorprendió. La palabra guapo en un chico de cuatro años, porteño de cepa pura, que con suerte habrá salido de la Capital sólo para ir al country.

-El de mi chica es más guapo.

-¿Qué cosa? -dije, corrigiéndome enseguida por: -¿Qué es más guapo?

-El celular. Es más guapo

-Ah –dije como lela. ¿Y por qué? ¿Cómo es el de tu chica?

-No sé, es más lindo.

Mi cabeza de lingüista se estaba haciendo un festín. Mientras analizaba cómo había llegado el término guapo -no sólo anacrónico sino desfasado por clase social, edad del emisor y año escolar en curso- a su boca, le terminaba de abotonar el pantalón verde a mi hija y pensaba cómo sería en realidad el celular de su chica. Pero cuando le quise preguntar, Santiago ya estaba ocupado en otra cosa. Venía la torta, pero antes, y sólo para el que apoyaba bien la cola y se cruzaba de brazos y de lengua (qué imaginación los animadores), estaba la piñata. 

Piñata. Cuñataí, me sonó. Piel Naranja. Rojaijú. Rojaijú decía Reina, y yo me sumergía en vida ajena de tierra roja y me imaginaba que era un cuento más. Reina se reía con los huecos en la boca y un diente dorado mientras se le sacudía la panza gorda de comer tortas fritas. Mi chica me contaba historias de amor sacadas según ella de la vida real y para mí en esos momentos se paraba el mundo. ¿Sabría Reina que mi mente tenía fronteras claras a los seis años, que pasaba de la Capital Federal sólo para ir a San Miguel de sábado a domingo? ¿Qué sus historias eran una declaración de amor a mis cinco sentidos? Lo dudo mucho. ¡Pero lo hacía tan bien!

Después del ruido seco de la cara de Superman reventando en el aire y vomitando caramelos, silbatos y pulseras de plástico, el espectáculo siempre triste de niños avalanzándose sobre las baldosas y empujándose por conseguir más, me dediqué a observar el ambiente. Había tres mesas redondas con manteles rosas. Alrededor de una de ellas se habían juntado las mamás de Shirly, Yamila, Jazmín y Jésica. La de Florencia se había levantado para hablar por teléfono. (No en búsqueda de un público ni para pedir prestado el del salón, está claro supongo. Se levantó en busca de señal. El movicom parecía no captar bien bajo el pelotero). También estaba la mamá de Alan, con la mirada clavada en los zapatos de doscientos cincuenta pesos de la de Federico. Todas hablaban moviendo las manos recién hechas en perfecta armonía de turnos. No pude evitar pensar en una imagen que había visto cierta vez en la tele, de un cruce de avenida en la República de China: dos bandos esperando atravesar la acera cuando cambiara el semáforo, parecía imposible que no se chocaran unos con otros. Sin embargo, a la luz verde, el cruce se logró con éxito (obviamente: lo hacen todos los días cientos de veces) sin siquiera rozarse. La imagen de los chinos encontrando sinuosos su rinconcito de asfalto sin tropezarse mientras avanzaban hacia la vereda de enfrente me venía ahora a la mente con insistencia. Mariela hablando de la casa en Venado I y enseguida Marina metiendo su bocadillo sobre las casas del Club de Campo y entraba Sandra comentando sobre el nuevo jardín de infantes que allí funciona y Marcela tomando la posta preguntando por la cuota de ese shule y Judith respondiendo a la pregunta anterior de Daniela sobre el divorcio de la morá de cuarto y todas en armonía. Eso sí que era destreza. Un ballet de la palabra.

En la otra mesa estaba la familia del nene del cumple. La abuela acariciando los sesenta con pinta de siete menos, gracias a la buena ropa, el pelo de peluquería y tal vez algún amante. La otra abuela con tal vez cincuentipico pero apariencia de vieja. Siempre pasa así, pensé: una de las abuelas es espléndida y la otra fea, o gorda, o desaliñada. Cuál me tocará ser a mí, me pregunté. Y por qué no podrá haber lugar para dos consuegras igualmente guapas.

Volví a Santiago. Con padres de nombre Yael y David no era difícil darse cuenta de porqué habían escogido ese nombre para su hijo: una revancha. La vida da doble oportunidad gracias a dios. Llamarse Santiago era como gritarle al mundo que uno puede ir a un shule, tener una morá, ir a Hebraica, comer knishes, hacer el kidush pero igual ser un poquito goi. 

Repasé los nombres de los otros compañeros de mi hija. Estaban todos los santos: Pablo, Juan, Tomás, Lucas, Mateo. (Con Pedro nadie se había animado hasta ahora). Había también tres Matías y un Jerónimo. Con las nenas la cosa estaba clara: les habíamos usurpado los nombres a las bianudas de la clase alta sin vergüenza: Delfina, Martina, Sofía, Guillermina, Ana, Clara y Agustina. Ya deben estar ellas virando hacia otros nombres para reencontrar su exclusividad, sólo relegada hasta ahora a María, Belén y Cristina. Con eso nadie se atrevió hasta ahora, sigue siendo terreno virgen.

En medio de mi repaso vuelvo a pensar en Santiago. La tez color beige subido. Los ojos achinados (y vuelvo al cruce, a las conversaciones victoriosas). Alto, Santiago. Y flaco. Los modales entre finos y campestres. ¡Y ese pelo! Lacio, pesado y con unos reflejitos envidiables. Bastante morocho en el fondo y con un manto dorado en la capa superior. Bien pero bien pesado. Como el de las shikses, pensé, recordando a mi vieja con uno de sus axiomas favoritos: todas tiene el pelo sano porque no se hacen nada y se lo lavan con jabón en pan. Y yo la escuchaba con envidia llorando mis rulos polaco-rumanos, finos y erizados que me hacían cabeza de leona. Un espanto.

Pero Santiago. Y ese nombre. No era que no lo tuviésemos incorporado al repertorio, como ya dije. Sólo que en esa familia no cuajaba. ¿Cómo será llamarse así con dos hermanos Ilán y Mijal? Nunca me lo había puesto a pensar, pero se ve que ese cumpleaños estaba siendo propicio para una reflexión un poco más detallada, un tanto más a fondo que lo habitual (es increíble lo que se puede lograr estando solo, evitando las charlas cíclicas de las reuniones de siempre con los amigos de siempre en los lugares de siempre con los temas de toda la vida: los chicos, el country, la shikse. Hay algo más en mi mente aparte de eso. Qué bueno descubrirlo). 

Mientras pensaba en el árbol genealógico del compañero de mi hija en el jardín de nombre bíblico y costumbres paganas, distingo de casualidad una cuarta mesa. Hasta el momento no había reparado en ella. También con mantel rosa, también servida con jarras de Coca Cola (cinta roja para la de Coca Light) y también “habitada”: un pequeño ejército de empleadas domésticas se había sentado alrededor esperando a sus pequeños precoces patroncitos. A varias las conocía bien de tanto ir a sus casas a buscar a Sol. A Blanca, por ejemplo, la de Matías. Le ponían un delantal rosa para que combinara con su nombre. Era un  amor. Siempre me recibía  con sonrisa, hasta por teléfono, podía jurarlo. Rojaijú, Blanca.

Al lado estaba Rosa, la de Shirly. Adusta y tímida. Sin uniforme. Expectante. A la de Guido se le notaba el cansancio en las manos y en las arrugas de la frente. No debía ser fácil limpiar semejante mansión y satisfacer los caprichos de un don nadie venido a más. (Daniel era odioso,  textil, piojo resucitado, nuevo rico y nuevo religioso devoto. No hubiese querido estar en el lugar de Gladys ni medio día. Mucho menos con cama adentro).  Y había una más, a ésa no la conocía. 

Habían tomado la automática decisión de dejar una mesa libre entre ellas y las otras, las mamás como decíamos nosotras de nosotras mismas, o las señoras como nos decían ellas. O las.... vaya una a saber cómo se referían a nosotras en la intimidad de sus charlas. A pesar de que la mesa de ellas estaba también servida con canapés, sandwichitos sin jamón y empanaditas de queso, y a pesar de que también tenían sus sendas jarras de gaseosa,  no habían alterado siquiera el orden de los vasos puestos en forma de racimo de uva. Las servilletas seguían aún haciendo conejito ahí dentro. Los knishes ya no humeaban pero ninguna los había tocado. Qué exceso de pudor, pensé. ¿O es que seremos tan brujas e intimidantes? Pensé en Reina otra vez. En Esther, en Tita y en Elsa. Mis chicas. ¿Cuándo me las había apropiado y cuándo dejaron de pertenecerme para pasar a ser “la shikse”? ¿Cuándo se quiebra esa inocencia del lenguaje y nace la intencionalidad? No, el lenguaje no es nunca inocente, me corregí. Yo decía mi chica y mi corazón se reconfortaba por la protección que implicaba el “mi”, y la cercanía que implicaba “chica”.  Yo decía mi chica y no tenía que explicarle a nadie que me refería a la señora que trabajaba en mi casa y que dormía en mi casa y que no era ni vieja ni nena y comía con nosotros pero no era mi hermana. “Mi chica” abarcaba todo eso. Era un símbolo. Como cuando mi mamá decía shikse, todos sabían a qué se refería. Y ella decía que hasta las mismas shikses ya lo sabían y que por eso ya no se podía usar más esa palabra para hablar de ellas delante ellas porque ellas ya lo sabían. Era como decir tujes. Hasta los goim lo sabían.

-Llamálo, dale. Decíle si puedo ir a lo de Lucas. Porfi.

La voz inconfundible de Santiago interrumpió mi viaje. Estaba parado en la cuarta mesa y hablaba con esa chica, la única a la que yo no conocía. Las demás siguieron su conversación bajita sin excesos y Santi insistió:

-Dale, llamalo, quiero ir a lo de Lucas.

La chica negaba suavemente con un movimiento de cabeza. Mientras lo hacía, el pelo negro pesado y brillante se mecía a un lado y al otro, como caderas de mulata apetecible. Jabón Espuma, pensé. La veía solamente de espaldas. Santiago le hablaba con firmeza pero con dulzura. Inclinaba la cabeza como sólo lo saben hacer los chicos y los que piden en la calle, con mirada suplicante y un dejo de mandato imposible de esquivar. Parece que la convenció, porque la chica metió la mano en una cartera y sacó algo. Primero me llamó la atención su mano: recién hecha también. French y cuadradas, a la moda. Después la cartera: era de una buena casa del shopping. Cuánto ganará pensé. O tal vez se gastó todo el sueldo en esa cartera, como lo hacen muchas. Santiago le seguía pidiendo que llamara, con una impaciencia tan típica, como si no hubiese detectado que ella ya había accedido. Entonces decidí acercarme para ver qué pasaba. Lo hice con esa superioridad con que lo hacen las mamás de los amiguitos de sus hijos al verlos a los primeros en problemas. Como diciendo: “Dejá que yo me encargo, yo soy amiga de la mamá, tengo más autoridad que vos, más vínculo, dejá, andá, a ver, ¿qué pasa Santi?”. 

-No, es que quiero ir a la casa de Lucas.

-Bueno, esperá que llamo a tu mamá y le pregunto, quedate tranquilo – dije mientras intentaba sacar el celular de mi cartera y recordar el número de Cecilia.

Se ve que ambas cosas a la vez me hicieron demorar una fracción más de lo debido, porque ella me ganó de mano. ¡Claro, el celular de su chica, ¿cómo me había olvidado?! El de mi chica es más guapo, recordé. 

En efecto, era un Nextel última generación. Con vibra-call, pantalla color, reconocimiento de voz y ultra liviano.  Mi Nokia 5120 era el hijo bobo al lado de ese prodigio.

Lo habré estado mirando demasiado, porque cuando levanté la mirada ella giró hacia mí  y me dijo:

-Me lo dan por la inseguridad, viste? Por las dudas.

Santiago me miró con lo que a mí me pareció un guiño cómplice.  Se acercó a ella para marcar el número. Ella lo abrazó por la cintura y le hizo un mimo. Yo retrocedí para analizar mejor la escena:

“Viste”, me dijo, tuteándome. Con mucha seguridad. Como a mi altura. Sí, el de su chica era más guapo, sin dudas. Pablo, el padre de Santi, trabajaba en Nextel, no era raro que su personal tuviera aparatos geniales. Obviamente él y su mujer, primero. Pero, ¿la empleada también?

Y bueno, pensé, en la era de los secuestros, qué sé yo... estar comunicados es importante...

Me estaba yendo a buscar el saco de mi hija para irnos cuando ella giró la cabeza y Santi también, atraídos por el ruido de un parlante que se cayó con estruendo.

Cabeza a cabeza quedaron, los rostros pegados ya que los dos giraron hacia dentro, y él estaba sentado sobre su falda. Teniéndolos enfrente como en un cuadro, la vi y me sorprendí de mis pensamientos. Miré a esa mujer del celular más guapo. Y vi esas uñas. Y ese pelo. Negro, brillante, pesado. ¿Pero no tenía también una capa de finos reflejos arriba? Y esa tez. Beige subido. ¿Y no eran sus ojos achinados? Y esa cartera. Y ese mimo. Tan maternal.

Santi se puso de pie, salió corriendo en busca de torta de Chocolinas y ella me miró sabihonda. La misma cara. Pablo, pensé. Será posible. Rojaijú, me sonó. La carne es débil.

Cerré mi boca que había dejado abierta a lo tonta, por la sorpresa, y bajé la mirada. “Se va a lo de Lucas”, me dijo, como si fuera una de nosotras. Faltaba que preguntara cuánta plata íbamos a poner para el regalo de fin de año y quién estaba juntando.

-Ah -dije, como lela. Pensaba en Cecilia.

La chica se levantó. Meneó el pelo, amagó a irse pero volvió. Se sirvió un vaso de Coca, tomó un poquito y mordió medio canapé. Caminó hasta la segunda mesa, se inclinó sobre una mamá, ladeó la cabeza y dijo:

-¿Cuánto están poniendo para el regalo de fin de año?♦

Colección imaginaria Editorial Milá, Buenos Aires, 2004.

Antología del Concurso Internacional de Cuentos de Temática Judía


14 agosto 2023

Primer Premio Academia Nacional de Periodismo de Argentina a Daniela Roitstein, por su ensayo "Paradojas del Periodismo frente el tercer milenio".

Año 1998, recién llegada a Buenos Aires después de cursar el M.A. en Comunicación y Periodismo en la Universidad Hebrea de Jerusalem. Sale un aviso en el diario: "Premio Anual 1998, concurso sobre el tema el periodismo y los cambios tecnológicos, desafío ante el nuevo siglo". Yo tenía una beba de tres meses y vivía en un monoambiente mientras buscábamos casa: nada que me impidiera lanzarme a participar, ¿verdad? Con Coni a upa, amamantando y con una conexión a Internet que andaba cuando quería, escribí este ensayo. Y obtuve el Primer lugar. Mi sorpresa y alegrías fueron mayúsculas. Tenía 29 años. 



El Periodismo y los cambios tecnológicos: Desafío ante el nuevo siglo, fue la pauta para el Premio Anual 1998, organizado por la Academia Nacional de Periodismo.

El jurado integrado por Antonio Requeni, Enrique Sdrech, juntamente con los académicos de número Bernardo Ezequiel Koremblit, Cora Cané y Francisco A. Rizzuto, distinguió con el Primer Premio a Daniela Roitstein, cuyo trabajo transcribimos.


Tras la Guerra del Golfo, se dijo, no ganó irán, ni Estados Unidos, ni Kuwait. Hubo un solo victorioso, y no fue una gran potencia ni ninguno de los países mencionados : "ganó la CNN", se escuchaba decir entonces. La gran cadena estadounidense de televisión se llevó todas las palmas. El acontecimiento en sí -la guerra- cedió su escenario real a otro virtual. Los misiles que en la realidad destruían viviendas, sembraban profundísimos cráteres y mataban gente, se transformaron por obra y magia de la televisión en un espectáculo casi artístico de luces y sonidos, donde la guerra no era la guerra, los muertos no eran los muertos, el pánico no era sino la misma sensación de horror que se siente mientras se mira una película de terror y se sabe que uno está bien protegido y a salvo entre las cuatro paredes de su propia casa, porque el espanto no va a salir de la pantalla. La Guerra del Golfo permitió a la cadena norteamericana CNN desplegar todo su arsenal tecnológico, y facilitó a los ciudadanos del mundo vivir un acontecimiento histórico, que -aunque nefasto- marcó un nuevo rumbo en las coberturas mediáticas de los conflictos bélicos.


Otro acontecimiento, más cercano en el tiempo y más placentero para el alma, en el cual los medios masivos de comunicación se llevaron todas las palmas, fue el Mundial de Fútbol 1998 llevado a cabo en Francia. El mundo entero pudo festejar los goles casi en el mismísimo instante en el que eran convertidos, con la diferencia imperceptible de los trescientos mil kilómetros por segundo que tarda la luz en viajar. Nunca antes las tomas tan cercanas -íntimas- de la cámara, llevaron con tanto realismo a los hogares de millones de televidentes, el gesto casi imperceptible de un jugador segundos después de errar un penal: su rostro compungido, o su mirada frustrada; las arrugas de su frente o la comisura fruncida de sus labios. La gota gorda de sudor en el preciso instante en que se derrama por su ceja izquierda. Desde este lado de la pantalla se pudo ver, antes que los propios compañeros de la selección lo hicieran, cómo Zidane festejaba los goles -mirándonos a los ojos- que llevaron a su país a dar la vuelta olímpica y consagrarse campeón. Solo la televisión permitió distinguir la diminuta bandera amarilla y verde pintada en las mejillas de la rubia novia del brasileño Ronaldo que festejaba entusiasmada los goles de su prometido. Y probablemente ni hasta los mejor ubicados en las plateas lograron percibir la presencia del cantante Mick Jagger desdibujado entre la muchedumbre, ni detectar el brillo en los ojos y la muestra de patriotismo del presidente francés enfundado en una no menos patriota bufanda azul, blanca y roja. La televisión pareció burlarse de todos aquellos que viajaron miles de kilómetros hasta el país galo y pagaron altas sumas de dinero con la -¿ilusa? intención de "ver de cerca", mostrando casi impúdicamente todo a todos.


La Aldea Global


Este fenómeno de fin de milenio al que podemos llamar de accesibilidad ya que permite el acceso a mavor información y a mayor número de personas- no es por supuesto nuevo, pero sí lo es el nivel de intimidad que revela, la sensación de cercanía que genera, la manera que tiene de transmitirnos a todos la sensación de que el mundo es pequeño, vasto pero pequeño. McLuhan, maestro entre otras cosas en el arte de acuñar términos, creó el conocido concepto de "Aldea Global", para referirse a este efecto de los medios de comunicación de transformar al enorme universo en una pequeña aldea, donde la información -que es tanta y parece inmanejable se convierte en herramienta de unión, y donde todos los habitantes del planeta se mantienen entrelazados por obra del brazo largo de la comunicación mediática. Este pensador canadiense no dudó un momento en que la revolución en este campo está dada por el medio en sí, más allá del contenido que ese medio de comunicación contenga. Cada medio lleva consigo el germen del cambio que va a generar. La sola presencia del aparato de televisión en un hogar provoca cambios actitudinales en el seno de una familia, que poco tiene que ver con la programación existente y con el contenido de los mismos: muchas familias cenan alrededor del televisor encendido, hecho éste que les brinda temas de conversación a diario, sea cual fuere el canal sintonizado y el programa emitido. "El medio es el mensaje", sentenció McLuhan. El diario, la radio, la televisión, el teléfono, la computadora, cada uno de estos fenómenos tiene la capacidad de generar cambios independientemente del contenido con que se los "Ilene". Aceptemos por un momento la tesis de este canadiense, y convengamos entonces que el gran último medio de comunicación que lleva en su germen la semilla del cambio es sin lugar a dudas la computadora. Ella llegó para quedarse. La generación que nació con la televisión todavía le tiene cierto temor reverencial; la generación intermedia la ve como una herramienta de trabajo a la que hay que vencer para no quedar fuera del mercado laboral; pero la generación nueva ya la considera un artefacto doméstico, tan imprescindible como la radio, la televisión, el teléfono.


La red Internet está en continuo crecimiento, ganando adeptos y usuarios en forma notoria. Según una encuesta de la Secretaría de Comunicaciones de la Presidencia de la Nación de julio último, en la Argentina la red tenía 80.000 usuarios en julio de 1997. Luego de un año se elevó el número a 220.000. Si se suman quienes se conectan ocasionalmente a la red, resulta un total de 360.000. El crecimiento suena interesante, pero recordemos: el país tiene alrededor de treinta y cinco millones de habitantes. Una gran porción está cayéndose de la Aldea.


La misma encuesta revela que la franja mayor de usuarios es la conformada por los jóvenes de entre veintiuno y veinticinco años. La misma da cuenta del abismo, -ya no generacional sino de género, entre la cantidad de usuarios femeninos y masculinos: los hombres se llevan el 86.31% de la torta estadística, mientras que las usuarias solo conforman el 13.69% restante. Los números suelen reflejar la realidad con mayor o menor margen de error, y suelen darnos una idea global de las situaciones analizadas, pero nada mejor que un buen chiste para captar los fenómenos en toda su magnitud: un padre en sus cincuenta le dice a su hijo:


"Llegó carta del tío Mel. Dice que tiene una nueva computadora y quiere que le escribamos un e-mail". "Genial", dice el hijo, indiferente, dirigiéndose hacia la computadora de la casa, ubicada - por supuesto- en el cuarto de los chicos.


"A propósito...¿cómo funciona eso?", pregunta el padre mirando a su pequeño hijo con un dejo de timidez. "Ah, fácil. Hacés boot-up, después te conectás con el modem. Después apretás acá para contactar al server...después apretás acá, encendés esto, tipeás la dirección de e-mail….Melvin@sarasota.gottaboata.dot.com...y después apretás acá y escribís tu mensaje...ves?


Fácil, te dije". El padre mira a su hijo, respira hondo y pregunta en un tono casi imperceptible:


"Decime...una preguntita nada más: ¿sigue costando cincuenta centavos la estampilla en el correo?...


Probablemente muchas personas se reconozcan en este gracioso relato y se dibuje una sonrisa en sus labios. Pero más allá del humor, la diferencia más seria frente a esta informatización de la vida no es la generacional sino la económico-social. Los usuarios son en su gran mayoría en la Argentina de alto nivel educativo, y de por lo menos cómoda situación económica. Trescientos sesenta mil es apenas alrededor del uno por ciento de la población total. Falta aún dar el gran salto, aquel que ya dio la televisión que también en sus comienzos era considerada como un lujo para unos pocos. Bordieu desliza en uno de sus escritos su convicción acerca del papel de la escuela en la nivelación frente a las desigualdades culturales: lo que Natura no da, lo da la escuela. Su rol sería el de compensar al más carente. Las escuelas promocionan casi todas su oferta de "Inglés y Computación". Lamentablemente en el mundo de hoy es como publicar "se enseña a leer y a escribir" -es decir: lo básico que un colegio tiene que brindar-. Sin embargo, hay una realidad que solo ojos cegados podrían no percibir, y es aquélla del abismo existente entre diferentes sectores poblacionales, algunos de los cuales solo pueden acceder a las nuevas tecnologías una vez o dos veces por semana, y si tienen entre seis y doce años. Es en ese sentido que todavía resulta atractiva y hasta válida la oferta como la nombrada. Y entonces la escuela se convierte para muchos en el único contacto con lo nuevo, lo todavía lujoso, las nuevas tecnologías.


El filósofo Innis -canadiense también él- planteó una división teórica entre los medios masivos de comunicación, de acuerdo al tipo de conquista que representarán para el hombre, y se refirió preferentemente a la comunicación escrita. Así, la escritura sobre piedra representó para la humanidad la conquista del tiempo, ya que lo tallado no desaparece con el correr de los años. Sin embargo, dicho tipo de escritura presenta un escollo difícil de sortear : es costoso su traslado a través del espacio. El papiro, de aparición posterior, vino a salvar esta dificultad y resultó para el hombre en un conquista del espacio.


El valor de la imprenta


La imprenta significó la dominación del espacio y del tiempo a la vez, por la rapidez con que permitía registrar las ideas por escrito, y por el menor espacio que ocupaban las páginas impresas. Esto a su vez trajo consigo consecuencias históricas de gran importancia : las ideas religiosas, por ejemplo, pudieron difundirse con mucha mayor rapidez y a recónditos lugares que nunca antes habían logrado acceder. La imprenta permitió la propagación de otras nuevas religiones gracias a la facilidad con que se podían transmitir los libros sagrados a diversas partes del mundo y en distintos idiomas. A su vez resultó en una democratización de la cultura : las obras de arte tanto literarias como pictóricas llegaban a más hogares, a lugares más lejanos, a gente menos "selecta". Hoy podríamos aplicar la terminología de Innis a los modernos medios de comunicación.


Imagine el lector el cuerpo humano : solo tenemos dos ojos, dos brazos, dos piernas. La computación, sin embargo, nos ayuda a conquistar el espacio: nos da mil ojos, mil brazos, mil piernas. Y además nos ayuda a multiplicar infinitamente nuestro tiempo : lo que nos llevaría horas o días enteros si nos valiéramos de nuestro limitado cuerpo humano, nos lleva décimas de segundos o unos contados minutos. Nuestros oídos nunca volverán a ser solo dos.


Lo público y lo privado


Esta transformación de nuestra arquitectura humana que convierte casi en realidad la capacidad auditiva de La Mujer Biónica o las piernas extensibles de la caricatura del Inspector Gadget- trae aparejada otro gran cambio, consecuencia de la intrincada trama de redes comunicacionales que cubre el planeta. Se trata de dos planos que hasta ahora habían permanecido perfectamente diferenciados, y que hoy se confunden y se entremezclan uno con el otro con despojo: el plano de lo público y el de lo privado.


Los medios revolucionaron por sobre todas las cosas la noción de intimidad. Lo privado y lo público han cedido terreno el uno a favor del otro. Ser famoso siempre implicó ser público, pero nunca como en esta era la lente de una cámara había llegado tan lejos (o tan cerca). Con solo apretar un par de teclas podemos enterarnos de los gustos sexuales del presidente de la primera potencia mundial. Y además opinar. Con un básico equipo de computación podemos acceder a los secretos más privados de actores, políticos, cantantes, diplomáticos, artistas. Sin embargo, este destape de lo privado no incumbe solamente a los famosos. La otra cara de la moneda está simbolizada por esta noticia curiosa que publicó un diario estadounidense hace unos meses: una joven decidió colocar una cámara de video en su habitación, conectarla a la red Internet, dejarla encendida las veinticuatro horas del día de todos los días, y no apagarla bajo ninguna circunstancia. De modo tal que cualquier Internauta que diera en llegar a la página web de esta audaz señorita podría captar las escenas más íntimas que jamás imaginó. Muchos de sus compañeros, cuenta el artículo, se han negado a entrar al cuarto de la joven al enterarse de la presencia de "la intrusa". Pero muchos otros han decidido, no solo ingresar, sino hacer todo lo que hubieran hecho si la cámara no estuviera. La conclusión: los medios de comunicación han convertido a todos en protagonistas. Si antes la fórmula y la magia de la televisión consistían en que unos pocos eran vistos por muchos, hoy son muchos los que son vistos por otros muchos. Lo que sobreviene es inevitable: ¿hasta qué punto es deseable tanta publicidad de lo privado? Podríamos enumerar miles de razones que aplaudan esta inversión de los planos, pero podríamos enumerar otras tantas que pongan en duda esta nueva costumbre de mostrarse. La frase "no invadir la intimidad del otro" es conocida, está trillada y ya no le hace cosquillas a nadie. Tal vez por eso mismo deberíamos rescatarla y devolverle el significado que tenía antes de haberse convertido en una frase hecha. El ex Primer Ministro de Israel y Premio Nobel de la Paz, Shimon Peres, dijo una frase que resume en forma genial la paradoja de esta era: "En muchos sentidos, los medios hoy hacen imposibles a las dictaduras. Pero también hacen intolerable la democracia". Y es cierto: por un lado la globalización obliga a la democratización, ya que en un mundo donde todo es visible, la mancha ya no puede ocultarse. Pero por el otro, la explosión de información nos hace insufrible a veces la convivencia.


Thompson acuñó el concepto de visibilidad, donde la era de las comunicaciones hacen que todo y todos seamos visibles todo el tiempo. Sería como la bendición de tener ojos con el castigo de no tener párpados.


Infancia y adultez


Otra paradoja de las nuevas tecnologías es que si bien revolucionaron el mundo haciendo del futuro algo nuevo hasta la incredulidad, a su vez son ellas mismas las que nos llevan a una vuelta al pasado en algunos aspectos: la infancia está perdiendo algo de sí misma. Hubo una época en que no existía la literatura infantil. Todo era para todos. Los niños leían o escuchaban los mismos cuentos que sus padres, vivían sus mismas aventuras, sus mismos tabúes.


Muchísimos años atrás la infancia y la adultez se nutrían de la misma cultura literaria. Con el tiempo surgieron las divisiones, las clasificaciones y especializaciones, y con ello lo prohibido para menores, lo prohibido para menores de dieciocho años, lo no apto para todo público. Hoy, por obra y arte de la botonería computarizada, la televisión por cable, y la antena satelital, estamos volviendo a aquel pasado sin barreras. Los niños tienen mucho al alcance de sus manos, de sus ojos, y de sus mentes. La infancia está dejando de ser lo que era. Y la adultez se toma atributos de chicos. Vaya la siguiente anécdota -real- para ilustrar lo dicho. En una reunión de psicólogos, una mañana como cualquier otra, comienza a escucharse un sonido, como el de un teléfono celular. Algunos se mueven inquietos. Una psicóloga se levanta, pide disculpas y explica: "es que me tuve que traer la mascota de mi hija. Si no le doy de comer cuando ella está en la escuela, se muere". La mascota, por supuesto. No tuvo que decir nada más.


Los eruditos profesionales comenzaron a confesarse, y varios de ellos admitieron cuidar de las mascotas de sus hijos mientras los pequeños están en sus actividades escolares. La anécdota no sería tal si se tratara de tortugas, patos, perros o canarios. La novedad es que la mascota de este hijo de fin de siglo era una mascota virtual: una pequeñísima computadora que requiere que la alimenten, le canten, la paseen, la vacunen, etcétera. Todo virtualmente. Y si no se lo hace, sencillamente muere, ya que un pequeño dispositivo en su interior programa la desaparición automática de la mascota, con ceremonia fúnebre incluida, si su dueño no la cuida como corresponde. Mientras el padre cuida a la mascota, el hijo con su computadora descifra las claves secretas para violar los archivos informáticos de algún importante organismo interna cional. O desarrolla un programa que pocos adultos podrían lograr. O simplemente se comunica vía módem con algún otro niño, en otra parte del planeta, cuyo padre le está cuidando a su mascota virtual.


Retorno tribal


Hay un segundo aspecto en el que las tecnologías nos devuelven al pasado. McLuhan lo llamó el regreso a la tribu. Si bien los medios de comunicación por un lado globalizan al mundo, por otra parte generan un regreso a los núcleos más íntimos y pequeños. El Mundial de fútbol es nuevamente un buen ejemplo : por un lado fue escenario de una gran globalización.


Pero por el otro ha despertado los nacionalismos dormidos de muchos países, haciendo resurgir en las conciencias de la gente que además de habitantes del gran mundo son ciudadanos de sus propios país-es. Vaya el caso de -nuevamente- Zidane, que revalorizó con su actuación deportiva el orgullo aplastado de muchos argelinos. La televisión por cable es otro factor que alienta el regreso a la tribu. La selección cada vez más fina de programas y canales genera grupos dentro de grupos, lo que resulta en uno de los mayores cambios sociológicos que traen las nuevas tecnologías: la pérdida de la simultaneidad. Ya no es tan probable que al día siguiente en la oficina todos comenten la película del día anterior. O que discutan acerca del documental de ese canal. Porque películas hay muchas, cientos, y documentales hay muchos, decenas. La sensación de haber compartido con la mitad del país el noticiero la noche anterior se ha perdido. La sensación de viajar en colectivo y percibir, sin palabras, que el compañero de asiento vió probablemente el mismo programa que uno la noche anterior -porque "cómo se va a perder el último capítulo de Raíces?"- ya no existe. La simultaneidad se ha perdido, sin dudas, pero también sin ningún lugar a dudas se ha ganado en variedad, en libertad de elección, en rapidez, en cantidad. Las revistas especializadas son cada vez más, y nadie hubiese imaginado hace unos años la existencia de un canal de televisión dedicado las veinticuatro horas del día a la promoción de productos para la venta.


Con lo cual nuevamente el progreso nos presenta una paradoja: por un lado nos une como en una Aldea, por el otro nos sectoriza y nos hace correr el peligro de perder la visión de conjunto. Uno puede estar muy solo en un mundo de cinco mil millones de habitantes.


El verdadero desafío del siglo que viene, cuando los autos se conduzcan solos, cuando la comida venga en tabletas y haya una comunidad viviendo en Marte, será el combate contra la soledad. Creeremos que una persona está presente, pero solo estaremos viendo su holograma. Pensaremos que estamos rodeados de amigos, pero serán solo compañeros virtuales.


Sentiremos que el mundo es pequeño, pero será cada vez más vasto. En unos años más, cuando la luna de miel sea realmente en la Luna, cuando el teléfono celular sea tan minúsculo que casi estará incorporado a la oreja, cuando la computadora sea un par de anteojos portátiles, el desafío seguirá siendo mantener los lazos humanos. Porque el hombre puede aumentar su expectativa de vida gracias a los avances de las nuevas tecnologías (se calcula que el hombre podrá vivir 120, 150 años) , pero un bebé no puede sobrevivir sin contacto físico humano. El progreso es hermoso; ojalá pueda convivir con los pequeños "viejos" tesoros cotidianos: no hay nada igualable al olor a nuevo de un diario todavía sin abrir.









27 enero 2022

El retorno triunfal


(Este texto lo escribí cuando viajé a Marcha por la Vida y visité Auschwitz. Y lo recorrí.  Calentita. Comiendo chicle… Lo reproduzco aquí como homenaje a todos los asesinados en la Shoá. Con amor especial a la familia de mi abuelo Raúl (Israel) Ostrower. 

Ella estuvo dos veces en Auschwitz.

Una durante la segunda guerra mundial, en carne y hueso. Otra, en papel color sepia.

La primera vez la llevaron a la fuerza, seguramente engañada, obviamente humillada, certeramente torturada, aniquilada.

La segunda vez la llevé yo, por mi propia voluntad, seguramente más serena, obviamente más triunfante, aunque inequívocamente inerte, en un papel semi-mate de trece por dieciocho.

Ella estuvo dos veces en Auschwitz.

Una por consecuencia del salvajismo atroz de los asesinos nazis que la llevaron a la muerte. Y otra, por virtud de las nuevas generaciones judías que venimos Marchando por la Vida.

Ella estuvo dos veces en Auschwitz.

La primera, por consecuencia de la indiferencia mundial que miraba con ojos abiertos –y sin parpadear- la masacre única de la Historia que permitió exterminar a seis millones de judíos absolutamente inocentes.

La segunda, porque en mi bolso de viaje a Polonia 2001 decidí llevar lo imprescindible, y la llevé a ella. Para que retorne triunfal.

La puse en un sobre abrigado, la llené de perfume a rosas, la envolví en papel de seda. 

Y así la paseé por Auschwitz. La llevé bajo mi brazo, bajo mi campera azul calentita con magen david,  marchó conmigo enarbolando la bandera de Israel -¡en Auschwitz!- y miró de cerca las torres de control y las barracas por fin vacías, pero esta vez bien abrigada, protegida y libre. Segura.

Laiche Ostrower era una judía piadosa, inteligente, audaz, sabia y de buen corazón. Los nazis la mataron en un campo de concentración cuando era joven. Seguramente sufrió heladas, lastimaduras, dolores inmensos, enfermedades, golpes. Seguramente caminó descalza sobre el hielo por horas, no comió por días, “trabajó” hasta estar exhausta, pasó humillantes controles, se vio a sí misma –mujer hermosa- convertida en cadáver en vida. Seguramente sobrevivió hasta que pudo. Hasta que murió. Qué salvajes.

Laiche Ostrower era hermana de mi abuelo materno y cincuenta años después volvió al lugar en donde fue asesinada. Volvió de mi mano, a través del único retrato que tengo de ella, para comprobar que el Holocausto terminó. Que ella murió pero no su pueblo. Que su hermano, mi abuelo “Raúl” (Israel), único sobreviviente de su numerosa familia, no sólo se salvó sino que se casó con otra judía piadosa, y tuvieron hijos judíos y felices, que a su vez tuvieron hijos judíos y felices, que a su vez están teniendo más hijos. Todos judíos, felices, y libres. Y que por esa libertad hoy se suben a un avión, pisan suelo polaco, pisan Auschwitz de a miles, llevan banderas de Israel, y van vestidos, abrigados, bien comidos, perfumados, hermosos.

Y hablan de cosas mundanas de gente común.  (Porque en Auschwitz, señores lectores, mientras lo recorremos y caminamos, mientras nos preparamos para marchar todos juntos, se habla de todo, y se comen galletitas, y se toman gaseosas. Hablamos del tiempo, de alguna anécdota, nos contamos chistes, los adolescentes se miran, las conversaciones versan sobre televisión, deportes, familia, trabajo, estudio y hasta de qué me voy a poner  hoy a la noche. Nos convidamos pastillas, intercambiamos teléfonos y nos sentamos en el pasto. Les digo: estos actos mundanos en pleno suelo de Auschwitz son, sin duda alguna, el triunfo nuestro sobre la bestia nazi.

Porque volvimos a ser Personas, sin temor y con dignidad. Y porque hoy pisamos los campos de exterminio con el estómago lleno, los pies abrigados, las mentes lúcidas, la juventud a flor de piel, la sonrisa en la cara. Y la foto color sepia de una víctima paseándose calentita y perfumada en manos de la descendencia que no consiguieron truncarle.